Que se había casado con la mujer equivocada. Que había intentado trabajar con la familia y habían tenido que despedirlo. No le gustaba que le recordaran sus fracasos, y tampoco podía explicar la inquietud que lo perseguía desde la niñez, aquella sensación de no poder estar durante mucho tiempo en el mismo lugar. Y sospechaba que seis meses en Clear Springs con Samantha como vecina iban a ser demasiado tiempo.

– Iré por allí dentro de un par de días para asegurarme de que no estás maltratando a Joker.

– Creo que es más probable que el caballo acabe conmigo.

– O que lo haga Sam. Desde luego.

– Es muy mandona -le advirtió Grant-. Le gusta que las cosas se hagan a su manera.

– Ya me he dado cuenta.

– En cualquier caso, intenta recordar que sabe mucho más que tú sobre ranchos.

– Intentaré no olvidarlo.

– Muy bien, hasta mañana.

Kyle colgó el teléfono, frunció el ceño y cerró el libro de contabilidad. Sam. No había pensado en ella desde hacía años, no se había permitido hacerlo, pero desde que había pisado Wyoming, no era capaz de sacársela de la cabeza.

– Maldita sea -giró el cuello e hizo una mueca al sentir un tirón en una vértebra.

Tadd Richter. ¿Qué habría visto Sam en ese tipo? ¿Y qué podía importarle a él? Al fin y al cabo, aquello había ocurrido muchos años atrás.

El café instantáneo, apenas potable cuando estaba caliente, se había quedado frío y tenía una textura similar a la de un gel. Kyle ignoró la taza. El viejo sillón gimió cuando se levantó y se acercó hacia el mueble bar en el que, años atrás, Ben guardaba los licores. Estaba vacío. Segundo fracaso. Ni ordenador ni alcohol. Al parecer, en Wyoming la vida no había cambiado durante los últimos cincuenta años.

– Muchas gracias, Kate -gruñó.

Pero aquel rancho en el que pasaba los veranos, siempre había ocupado un lugar muy especial en su corazón. Un lugar que preferiría no recordar.



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