
No había sido el viaje el responsable de su mal humor. El vuelo desde Minneapolis a Jackson no había sido malo en absoluto, ni tampoco el trayecto hasta el rancho en la camioneta. No, no era el viaje el que lo molestaba, sino aquella sensación de estar siendo manipulado. Una vez más. Por su abuela, que pretendía controlar su vida desde la tumba.
Apagó la luz del estudio y salió al larguísimo pasillo de aquella casa de dos pisos en la que había pasado tantas y tantas vacaciones de verano. En muchas ocasiones, la familia viajaba a rincones lejanos y exóticos, como México, Jamaica o la India. Pero los veranos que con más cariño recordaba, los mejores veranos, los había pasado allí, aprendiendo a ensillar caballos, marcando el ganado, bañándose en el arroyo y tumbándose en la hierba por las noches para contemplar el cielo inmenso de Wyoming.
Kyle subió hasta el segundo piso. Al final del pasillo se encontraba la habitación en la que dormían él y sus primos. Palpó la madera gastada de la puerta y acarició el boquete que había hecho Michael al intentar abrir la puerta el día que Kyle y Adam lo habían dejado encerrado. Kyle tenía entonces doce años. Y Michael, un año mayor que él y de un genio más rápido que la pólvora, no estaba dispuesto a permitir que un simple cerrojo le impidiera salir a vengarse de su hermano, arrojándole un cubo de agua helada.
Kyle sonrió al recordar a Michael, empapado de la cabeza a los pies.
Parecía que habían pasado siglos desde entonces. Aquello había ocurrido antes de que comenzara a afeitarse. De que empezara a fijarse en las chicas. Mucho antes que Sam.
Encendió la luz, entró en la habitación y contempló las literas. No había sábanas en ninguna de ellas y los colchones estaban muy desgastados. No quedaba ningún rastro de los paquetes de cigarrillos que le birlaban a su abuelo, ni de las revistas Playboy que uno de los trabajadores del rancho les alquilaba a los chicos, ni de las botellas que escondían en los cajones de la cómoda.
