
Deslizó la mano por el armazón de una litera y se detuvo frente a la ventana por la que tantas veces habían escapado. El saliente estaba al lado de un manzano de largas ramas y los chicos habían preparado un elaborado sistema de cuerdas y poleas que les permitía bajar y subir a su antojo. Pensaban entonces que eran muy ingeniosos, pero Kyle sospechaba que probablemente su abuela sabía todo lo que ocurría en el piso de arriba. Era demasiado inteligente para haber pasado por alto todas sus travesuras.
– Canalla -gruñó, apretando los puños con tristeza.
Pensar que su abuela se había ido para siempre le causaba un inmenso vacío en el alma. ¿Cómo se le habría ocurrido marcharse sola en ese condenado avión, en busca de una planta extraña de la selva amazónica? Nunca había podido encontrarla. El avión había explotado en algún remoto lugar del Brasil, había caído a tierra y había ardido en llamas. Habían devuelto su cuerpo achicharrado a los Estados Unidos, donde sus hijos y sus nietos habían tenido que enfrentarse con incredulidad y dolor al hecho de que la fuerza más influyente de sus vidas había desaparecido para siempre.
Kyle abrió la ventana, dejando entrar la brisa, y fijó la mirada en aquella tierra que había pasado a ser suya. Bueno, por lo menos lo sería durante seis meses, si era que conseguía aguantar durante tanto tiempo en ese lugar. La verdad era que no le había importado mucho dejar Minneapolis. Su vida en aquella ciudad se había quedado estancada. Nunca había conseguido encontrarse a sí mismo, no había alcanzado ninguna estabilidad, ni tenía un trabajo suficientemente bueno como para tenerlo en cuenta. No, él siempre había sido inquieto por naturaleza y por eso, de todos los nietos, Kyle había sido elegido para heredar el rancho. Probablemente aquella había sido la forma que había encontrado su abuela de obligarlo a echar raíces.
Diablos, recordaba el funeral, y el ataúd cubierto de flores, la iglesia estaba llena, y la familia, toda vestida de luto, luchaba contra las lágrimas. Horas después, todavía muy afectados y sin poder apenas pronunciar palabra, se habían sentado alrededor de la mesa del despacho del abogado de la compañía mientras él, Sterling Foster, con el testamento de Kate entre las manos, decía:
