
– Kate Fortune era una mujer extraordinaria. Madre de cinco hijos, aunque solo cuatro pudieron crecer a su lado. Abuela de, ¿cuántos?, ¿doce nietos? Y también bisabuela -había sonreído con tristeza-.Aunque enviudó diez años atrás, nunca le faltaron las fuerzas para dirigir Fortune Cosmetics. Sobrevivió a la muerte de su marido, Ben, y a la pérdida de un hijo. Bueno, todo eso ya lo sabéis. Lo primero que me pidió fue que, cuando ella muriera, os entregara a cada uno de vosotros los dijes con la fecha de vuestro nacimiento que llevaba en el brazalete -pasó una bandeja de plata con sobres alrededor de la mesa y, cuando la bandeja llegó a su lado, Kyle descubrió su nombre mecanografiado en uno de ellos.
«Oh, Kate», pensó con tristeza mientras abría el sobre y sacaba un dije de plata.
Sterling se aclaró la garganta y levantó los papeles que tenía ante él.
– «Yo, Katherine Winfield Fortune, en plenas facultades…».
Todo el mundo estaba pendiente del abogado y Kyle sentía todos sus músculos en tensión. Aquello era terrible. Tenía la sensación de que el mundo se había detenido y se estaba abriendo bajo sus pies.
Su hermana Jane estaba sentada a su lado, posando la mano en la manga de su abrigo. Intentaba ser valiente, pero el labio inferior le continuaba temblando. Como madre soltera, se la suponía capaz de enfrentarse a cualquiera de los desafíos que le planteara la vida. Pero ninguno de ellos, ni hijos, ni hijas, ni nietos, podían creer que hubieran perdido a alguien tan querido y fundamental en sus vidas.
– Oh, Dios mío -sollozó Jane.
Kyle tomó la mano de su hermana y se cruzó con la mirada sombría de Michael. Los ojos de Michael reflejaban la tristeza de los de Kyle. Michael. Siempre responsable. Allí donde Michael había hecho las cosas bien, Kyle siempre metía la pata. Michael cargaba con todo tipo de responsabilidades. Kyle huía siempre de ellas.
