
Sam no iba a retroceder ni un solo centímetro. Tan testaruda como siempre, decidió Kyle.
– Ya me has oído, miserable y carísimo pedazo de carne de caballo -gruñó, sin apenas mover los labios-.Vas a… -se interrumpió bruscamente y perdió toda concentración al ver la sombra de Kyle extendiéndose hasta el inicio de sus botas. Miró en su dirección, gimió y aflojó la tensión de la soga-. ¿Kyle?
Al advertir su ventaja, el caballo giró la cabeza y consiguió arrancarle las riendas de la mano. Con un relincho triunfal, se levantó sobre sus patas traseras.
– Eh, espera… -pero el caballo ya se había alejado hasta el final del corral.
– Magnífico. Sencillamente magnífico. Ahora mira lo que me has hecho hacer.
– Yo no tengo la culpa de que hayas perdido el control del caballo -así que Sam continuaba teniendo una lengua tan afilada como siempre. En realidad, ya se lo imaginaba.
– Claro que sí -colocándose en contra del sol, lo miró-.Así que el nieto pródigo ha vuelto. ¿Qué te ha pasado? ¿Has perdido el Ferrari en una partida de póquer? ¿O te has confundido de camino cuando te dirigías hacia Europa?
– Algo así.
– ¿Sabes, Kyle? Eres la última persona a la que esperaba volver a ver en mi vida -tenía sus marcados pómulos sonrojados por el calor y las gotas de sudor rodaban por su nariz.
– Supongo que no te has enterado.
– ¿Que no me he enterado de qué?
Kyle sintió una ligera satisfacción al saber que era él el que iba a darle la noticia.
– Lo creas o no, yo soy el único propietario de este lugar.
– ¿Tú? -lo miró a los ojos, como si pensara que estaba mintiendo para obtener alguna ventaja-. ¿Que tú eres el propietario del rancho Fortune? ¿Solo tú? ¿Y nadie más?
