
¿Había una nota de desaprobación en su voz?
– De todo el rancho, sí, ¿no lo sabías?
Samantha palideció.
– Yo… sabía que alguno de los hijos o los nietos de Kate probablemente terminaría heredando el rancho, pero… jamás pensé… Oh, por el amor de Dios, ¿por qué tú?
– Yo tampoco lo entiendo.
– Ahora eres un hombre de ciudad, ¿verdad? -levantó ligeramente la barbilla, como si estuviera desafiándolo-. Hacía años que no ponías un pie en este lugar.
– Aproximadamente diez.
La vio desviar la mirada, como si ella tampoco quisiera pensar en el último verano que habían compartido. Parecía haber pasado toda una vida desde entonces, aunque todavía se le aceleraba ligeramente el pulso al verla. Pero eso tendría que cambiar.
– Entonces, ¿a qué has venido? ¿Piensas quedarte a vivir? -le preguntó, frunciendo el ceño como si le resultara imposible creerlo.
– Durante una temporada. Digamos que mi parte de la herencia tenía una sorpresa.
– ¿Una sorpresa?
– Kate me dejó el rancho y todo lo que hay en él, bueno, casi todo, con la condición de que viva durante seis meses aquí antes de venderlo.
¡Seis meses! ¿Kyle iba a ser su vecino durante medio año? A Sam le temblaron ligeramente las rodillas.
– Pero en realidad no piensas quedarte ¿no? -le dijo, sintiendo cómo el pánico crecía en sus entrañas.
– No creo que me quede otra opción.
Durante años, Samantha había vivido con la esperanza de volver a verlo para poder decirle lo canalla que era. Pero no quería que las cosas sucedieran así, tan inesperadamente, cuando no estaba preparada para enfrentarse a él.
– ¿Entonces pasarás aquí la Navidad? -le preguntó, sintiéndose como si acabaran de noquearla.
– Ese es el plan.
Kyle tenía un aspecto tan insolente, tan condenadamente citadino con aquellos vaqueros planchados, las botas relucientes y el gorro sin una mota de polvo… No había lugar para él en el rancho.
