
Oh, Dios, ¿qué podía hacer? Intentando recuperar la compostura y pensar con claridad, estalló:
– Pero, pero… ¿qué ha pasado con Grant?
Grant era el único de los nietos de Kate Fortune que podía tener algún interés en el rancho. En realidad Grant McClure no era un pariente biológico, sino el hermanastro de Kyle. Pero a Kate nunca había parecido importarle.
– Grant ha heredado un caballo -Kyle desvió la mirada hacia el semental, que lo estaba observando a su vez y tuvo además la osadía de relincharle-. El Fuego de los Fortune.
– Es Joker.
– ¿Qué?
Sam inclinó la cabeza hacia el semental.
– Es ese. Lo han llamado así desde que era un potro. Siempre ha estado metiéndose en problemas, y como tiene esas manchas tan raras -señaló las llamativas manchas que cubrían el rostro del animal-parece sentarle bien.
– ¿Y tú cómo lo llamas?
– Pues hoy, por ejemplo, lo he llamado demonio, para empezar. Los otros nombres no puedo repetirlos delante de nadie -resopló para apartar un mechón de pelo que cubría su rostro y rió, con aquella risa rica y profunda como el primer trueno de una tormenta de primavera.
¿Por qué no habría envejecido Kyle peor? ¿Por qué tendría que continuar siendo guapo y delgado? ¿Y por qué habría desaparecido de su rostro todo rastro de infantilismo? ¿Dónde estaba la curva de su barriga? ¿O sus canas? ¿O la redondez de líneas de un hombre rico que no necesitaba mover un dedo para ganarse la vida? Por el contrario, Kyle disfrutaba de un físico atlético, fibroso, de caderas y cintura estrecha y hombros anchos. De hecho, el paso del tiempo parecía haberlo favorecido de una forma extraordinaria.
– No conocí a ningún caballo al que no fueras capaz de domar.
– Joker podría ser el primero -contestó Sam, aunque su mente estaba muy lejos de aquella conversación-. Creo que este caballo va a acabar conmigo.
– Lo dudo, Sam. Por lo que yo recuerdo, siempre te han encantado los desafíos.
