
– Es curioso. Yo no recuerdo nada parecido.
Al oírla, desapareció de los ojos de Kyle toda sombra de risa.
– ¿Ah, no? ¿Entonces qué era lo que te gustaba?
Oh, Dios. Sam sintió que se le desgarraba el corazón.
– No creo que quieras saberlo.
– Prueba a decírmelo.
– Ya lo hice. Y no funcionó.
Kyle apretó los labios y su rostro se tornó duro como el granito.
– ¿Sabes, Sam? No tendríamos que empezar de este modo.
– No sé por qué no.
«Oh, Kyle, si tú supieras…». Los sentimientos la desgarraban de tal manera que apenas podía respirar. La vida era injusta. ¿Por qué Kyle Fortune, el único hombre sobre la tierra al que se había prometido despreciar, tenía que ser tan condenadamente atractivo? Seguramente iba con frecuencia al gimnasio y se dedicaba a levantar pesas mientras se recreaba mirando a sus compañeras de gimnasio. Kyle siempre había atraído a las mujeres… Ella incluida, se recordó sombría.
Se sacudió el polvo de las manos y trepó hasta el último tablón de la cerca.
– Bueno, pues ya que estás aquí, creo que puedo irme a casa. Había quedado en encargarme del rancho hasta que Kate contratara a un nuevo capataz. Después ella…-no podía decir aquella palabra. No podía creer que Kate Fortune, aquella mujer intrépida y llena de vida, hubiera muerto.
– ¿Cómo está tu padre? -le preguntó Kyle.
– Murió hace cinco años.
– Oh, lo siento -Kyle levantó las manos-. No lo sabía.
Sam sacudió la cabeza.
– No me sorprende. No estás muy enterado de lo que ha pasado en Clear Springs, ¿verdad? -aunque sabía que estaba siendo cruel, no pudo evitar preguntar-: ¿Por qué diablos te habrá dejado Kate este rancho cuando has estado evitándolo durante años?
Kyle apretó la mandíbula, cerró los puños y la taladró con la mirada, como si lo ofendiera que hubiera sido tan directa. Sam se encogió de hombros y desvió la mirada.
