– ¡Allí! -chilló el inspector, saltando-. ¡Allí, El! ¡Lo sabía, lo sabía! -y bailaba sobre el asiento, señalando hacia la izquierda con la voz estremecida por las lágrimas de alivio y satisfacción-. Recordaba un camino lateral. ¡Para el coche!

Ellery apretó los frenos con el corazón latiendo alocadamente. Entre una brecha a través del humo aparecía un corte cavernoso. Parecía un camino que subía entre la espesa selva de árboles que cubría el monte Flecha como cabellera de gigante.

Ellery torció fuertemente el volante. El Duesenberg se echó atrás, chirrió, se lanzó adelante con un rugido. Entró en segunda en una carretera de tierra dura, inclinándose en el fuerte ángulo con la ruta principal. El motor protestó, bramó y cantó, y el coche trepó monte arriba. Tomó velocidad, subiendo. Aceleraba, corría. La carretera comenzaba a dar vueltas; una curva, un leve viento increíblemente dulce, perfumado de pinos, un delicioso frescor en el aire…

En menos de veinte segundos habían dejado atrás humo, fuego, destino y muerte.

Todo estaba oscuro por completo: cielo, árboles, carretera. El aire parecía licor; bañaba sus pulmones torturados, sus gargantas, con un frescor que era a su vez cálido, y ambos se dejaron intoxicar por él en silencio. Aspiraban, tragándolo hasta sentir los pulmones hervir. Luego se echaron a reír a dúo.

– ¡Oh, Dios! -susurró Ellery, deteniendo el coche-. ¡Es todo… es todo demasiado fantástico!

El inspector reía:

– ¡Eso es! ¡Fiiu! -sacó el pañuelo, temblando, y se lo pasó por la boca.

Se quitaron sus sombreros y disfrutaron el fresco soplo del viento. Se miraron, tratando de penetrar la oscuridad. Callaron pronto, dejando sentar el ánimo; y, por fin, Ellery soltó el freno de mano y arrancó el Duesenberg.



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