El inspector se dejó caer.

– Vamos a verlo. En último caso podemos echarnos monte arriba. ¡Echa a andar!

– A la orden, señor -musitó Ellery, con los ojos doliendo no precisamente por el humo. El Duesenberg se removió-. No sirve de nada mirar, puedes creerme -dijo con la voz teñida de piedad de pronto-. No hay salida. Esta carretera es única, no hay desviaciones… ¡Padre! No te pongas más de pie. ¡Ponte el pañuelo alrededor de la boca y la nariz!

– ¡Te he dicho que sigas! -bramó el viejo con exasperación. Sus ojos estaban rojos y lacrimosos; brillaban como carbones mojados.

El Duesenberg siguió adelante como borracho. El brillo combinado de los tres faros sólo servía para hacer más visibles las serpientes amarillo-blancuzcas de humo que envolvían el coche. Ellery conducía más por instinto que por vista. Trataba desesperadamente, en medio de todo, de recordar con precisión los detalles de la complicada carretera. Había una curva… Tosían constantemente; los ojos de Ellery, protegidos por los anteojos, lloraban también. Un nuevo olor llegó a su nariz, olor a goma quemada. Los neumáticos…

Goteando suavemente, copos de ceniza llegaban a salpicar sus trajes.

De algún punto lejano, allá abajo, llegaba el débil ruido de una sirena persistente. Una alarma, pensó Ellery tristemente, en Osquewa. Habrían visto el fuego y estaban organizando los grupos. Pronto habría hordas de hormiguitas humanas con cubos, regaderas y mangueras hechas en casa, avanzando hacia el bosque incendiado. Esa gente está acostumbrada a luchar con el fuego. Sin duda llegarían a controlar éste, o él mismo se controlaría, o una lluvia providencial lo ahogaría Pero lo que era cierto para Ellery, mientras avanzaba entre el humo, tosiendo y llorando, era que dos caballeros llamados Queen estaban destinados a cumplir con su sino achicharrados en una carretera solitaria de montaña, a muchas millas de Centre Street y de Broadway, y que no habría nadie para contemplar su salida de un mundo que de pronto aparecía imposiblemente dulce y precioso…



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