
Si la carretera de abajo había sido mala, esta otra era imposible. Era más bien un camino de carros pedregoso y desigual. Pero ninguno sentía el menor deseo de quejarse. Era un don caído del cielo. Subía dando vueltas, y daban vueltas y subían con él. Ni rastro de presencia humana Las luces trepaban delante de ellos, como antenas de insectos. El aire se hacía más y más cortante, y el dulce filo con olor a árboles era como vino. Insectos alados saltaban y se estrellaban contra las luces.
De repente Ellery paró el coche otra vez.
El inspector, que dormitaba, despertó agitado:
– ¿Qué pasa ahora? -farfulló entre sueños. Ellery escuchaba atentamente:
– Creo que he oído algo por ahí.
El inspector ladeó su cabeza gris.
– ¿Gente por aquí arriba?
– Parece poco probable -dijo Ellery, seco. Se oía un leve crujido a lo lejos, más arriba de ellos, algo como un animal grande.
– ¿Un puma, tú crees? -musitó el inspector, buscando un poco nervioso su revólver de reglamento.
– No creo. Si es eso, te aseguro que estará más asustado que nosotros. ¿Hay gatos monteses por esta zona? Tal vez un oso, o un ciervo, o algo.
Echó a andar el coche de nuevo. Ambos estaban bien despiertos, y ambos claramente incómodos. El crujido aumentó.
– ¡Señor, suena como un elefante! -murmuró el viejo. Había sacado su revólver.
Repentinamente, Ellery se echó a reír. Ante ellos estaba un trozo relativamente recto de carretera, y en la curva del fondo se notaban dos dedos de luz, cayendo de la oscuridad. Un momento después se enderezaron y alumbraron a los brillantes ojos del Duesenberg.
– Un coche -rió Ellery-. Aparta ese cañón, vieja dama. ¡Un puma!
– ¿Y tú no has dicho algo de un ciervo? -replicó el inspector. De todas formas, no volvió a guardar el revólver.
Ellery detuvo el coche una vez más; las luces del otro auto estaban ya muy cerca.
