Los ojos de rana miraron un instante sin expresión. Luego:

– Fuera del camino -dijo de nuevo el hombre, y cambió de marcha.

Ellery miró incrédulo. El tipo era un cretino o estaba loco.

– Bueno, si quiere ahumarse como un embutido -soltó Ellery-, es asunto suyo. ¿Adónde va esta carretera?

No hubo respuesta. El Buick seguía avanzando centímetro a centímetro con impaciencia. Ellery se encogió de hombros y volvió al Duesenberg. Entró, cerró la puerta, gruñó algo descortés, y empezó a dar marcha atrás. El camino era demasiado estrecho para dar paso a dos coches a la vez. Tuvo que meterse entre la maleza, aplastando matas hasta que tropezó con un árbol. Apenas quedaba sitio para que pasara el Buick, que roncaba hacia delante, lamiendo el guardabarros derecho de Ellery sin muchos miramientos, desapareciendo luego en la oscuridad.

– Un pájaro curioso -dijo el inspector pensativo, dejando su revólver mientras Ellery reemprendía la marcha-. Si fuera un poco más gordo se desbordaría él solo. Que se vaya al infierno.

Ellery soltó una carcajada salvaje.

– Volverá pronto, ya verás -dijo-, ¡condenada foca! -y dedicó ya toda su atención al volante.

Les pareció que ascendían, durante horas, una cuesta durísima que ponía a prueba las facultades del potente Duesenberg. Ni la menor señal de población. El bosque era cada vez más espeso y salvaje, si cabía alguna posibilidad. La carretera en vez de mejorar era cada vez peor, más estrecha, más piedras, más baches. Una vez, los faros se clavaron en la carretera, en los ojos de una serpiente enrollada.

El inspector dormía tranquilamente, tal vez como reacción a las emociones anteriores. Sus ronquidos herían los oídos de Ellery, que rechinó los dientes y apretó la marcha.



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