– Tipis. En algún lugar de los Estados Unidos. Es lo más que te puedo decir.

– Maravilloso. Tipis. ¡Justicia poética para ti! Me hace pensar en un venado asándose en un fuego de leña… ¡Buah! ¡Duesi! Eso era una margarita, ¿no? -el inspector, que en lo alto del badén casi había sentido arrancarle la cabeza, miró; era evidente que en su estado de ánimo «margarita» no era la palabra más apropiada para pensar-. Vamos, vamos, papá. No pienses en esa bobada. Azares del automovilismo. Lo que echas de menos es un whisky escocés, ¡irlandés renegado!… Ahora aquello, por favor.

Habían llegado a un alto en la carretera, tras una de las miles de curvas inesperadas; y, por un extraño milagro, Ellery detuvo el coche. A cientos de pies monte abajo, a su izquierda, estaba Tomahawk Valley, cubierto ya por el manto púrpura que había caído tan suavemente desde los verdes bastiones que se alzaban contra el cielo. El manto se removía como si algo enorme, templado y suavemente animal se estirase bajo él. Un débil gusano gris, la carretera, se retorcía hacia lo lejos monte abajo, medio borrada por el manto purpúreo. No había luces ni asomo de seres o viviendas humanas. El cielo sobre ellos iba estando confuso, y el último tenue resplandor del sol comenzaba a hundirse tras la lejana barrera, al otro lado del Valley. El filo del camino estaba a unos diez pies; de allí se hundía bruscamente y bajaba en verdes saltos hacia el fondo del valle.

Ellery se volvió y miró hacia arriba. El pico Flecha surgía sobre ellos, esmeralda oscura tapizada de pinos y robles y tupidos arbustos. El tejido de follaje ascendía, a simple vista, millas y millas sobre sus cabezas. Arrancó de nuevo el Duesenberg.

– Casi compensa la tortura -murmuró-. Ya me encuentro mejor. ¡Vamos, inspector! Esto es la verdad, la Naturaleza desnuda.



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