
– Demasiado desnuda para mi gusto.
La noche les cubrió de repente, y Ellery encendió las luces. Continuaron adelante en silencio. Ambos miraban al frente, Ellery soñadoramente y el viejo con irritación. Un halo peculiar había comenzado a danzar sobre los reflejos de luz que coronaban la carretera ante ellos. Se movía, giraba, caracoleaba como una niebla perezosa.
– Parece como si estuviésemos llegando a algún lado -murmuró el inspector, parpadeando en la oscuridad-. La carretera empieza a bajar, ¿no? ¿O es mi imaginación?
– Está bajando desde hace un rato -musitó Ellery-. Hace más calor, ¿no? ¿A qué distancia dijo el campesino aquel, el del garaje de Tuckesas, que estaba Osquewa?
– Cincuenta millas. ¡Tuckesas! ¡Osquewa! Corcho, esta tierra es bastante para hacer vomitar a cualquiera.
– No hay romance -saltó Ellery-. ¿No reconoces la belleza de la etimología india? Es ironía. Nuestros compatriotas que viajan por el extranjero pasan la vida quejándose de los nombres extranjeros Lwow, Praga -¿por qué Pra-ha, por todos los santos?-, Brescia, Valdepeñas, y hasta los viejos nombres ingleses, Harwich o Leicestershire. Y ésos son nombres de una sílaba.
– Hmm -dijo el inspector en un tono raro; parpadeó de nuevo.
– Comparados con nuestros nativos Arkansas o Winnebago o Sehoharie, Otsego y Sioux City y Susquehanna y Dios sabe cuáles más. ¡Hablar de herencia! Pieles rojas pintados vagaron por estas montañas a través de Valley y esta montaña que se cae sobre nuestras cabezas. Pieles rojas con mocasines y piel de ciervo curtida, coletas y plumas de pavo. Y el humo de sus señales.
– Hmm -dijo el inspector de nuevo, enderezándose de repente-. Parece talmente como si estuvieran haciéndolas todavía.
– ¿Eh?
– Humo, humo, hijo. ¿Lo ves? -el inspector se levantó, señalando al frente-. ¡Allí! -gritó-. ¡Justo delante de nosotros!
– Tonterías -dijo Ellery con voz cortante-. ¿Cómo va a haber humo por aquí, en este sitio? Probablemente es alguna forma de niebla nocturna. Estas colinas tienen muchas veces cosas curiosas.
