– Esta lo hace muy bien -dijo el inspector Queen ceñudo. El polvoriento pañuelo cayó en sus rodillas, suelto. Sus ojillos penetrantes ya no estaban flojos o aburridos. Se echó atrás y fijó la mirada largo rato. Ellery frunció el ceño, lanzó una mirada al retrovisor y la volvió rápidamente hacia delante. La carretera bajaba ahora decididamente hacia el valle y el extraño halo se espesaba a cada metro que descendían.

– ¿Qué sucede, papá? -dijo en tono quedo. Su nariz se tensó. Había un extraño y levemente desagradable picor en el aire.

– Creo -dijo el inspector, recostándose-, creo, El, que mejor será que le pises.

– Es un… -comenzó Ellery débilmente, y tragó saliva.

– Parece exactamente eso.

– ¿Incendio forestal?

– Incendio forestal. ¿Lo hueles ahora?

El pie derecho de Ellery aplastó el acelerador. El Duesenberg saltó hacia delante. El inspector, ya sin mal humor, se inclinó hacia el costado del coche, a su lado, y encendió un potente foco pirata que barrió la falda de la montaña como una escoba luminosa.

Los labios de Ellery se apretaron; ninguno habló.

Pese a su altura y el fresco de la noche en la montaña, un raro calor sofocaba el aire. La bruma entre la que el Duesenberg avanzaba era ahora más amarillenta, y espesa como algodón. Era humo, humo de madera reseca y hojarasca polvorienta que ardían. Sus acres moléculas penetraron en su nariz, quemaron sus pulmones, les hicieron toser, afloraron lágrimas a sus ojos.

A la izquierda, hacia el valle, no se veía más que negrura, como el mar durante la noche.

El inspector se removió.

– Mejor será parar, hijo.

– Sí -murmuró Ellery-. Estaba pensando precisamente eso.

El Duesenberg se detuvo jadeando. Frente a ellos el humo azotaba en furiosas oleadas negras. Y más allá, no muy lejos, a veinte o treinta metros, comenzaban a verse pequeños dientes anaranjados, millares, y lenguas, largas lenguas anaranjadas.



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