– Está directamente en nuestro camino -dijo Ellery con el mismo tono extraño-. Será mejor que demos la vuelta y nos vayamos.

– ¿Puedes dar la vuelta aquí? -suspiró el inspector.

– Lo intentaré.

Era un asunto de nervios, delicado, en medio de la ardiente oscuridad. El Duesenberg, vieja reliquia de carreras que Ellery había elegido por puro sentimentalismo unos años antes y que había arreglado para uso normal, nunca le había parecido tan largo y complicado. Sudó y juró por lo bajo mientras maniobraba atrás, adelante, atrás y adelante, ganando centímetros poco a poco en cada movimiento, mientras el inspector limpiaba con la mano el parabrisas, mientras el viento caliente hacía ondear sus bigotes.

– Procura ir con cuidado, hijo -dijo el inspector con calma. Sus ojos se elevaron sobre la silenciosa negrura que era la falda del pico Flecha-. Creo que…

– ¿Sí? -notó Ellery, negociando el último giro.

– Creo que el fuego está subiendo monte arriba, tras nosotros.

– ¡Dios mío! Ojalá no, padre.

El Duesenberg se estremeció al tiempo que Ellery fijaba la vista en la tiniebla. Sintió ganas de reír. Era todo demasiado estúpido. ¡Una trampa ardiendo!… El inspector se sentó más adelante, alerta e inmóvil como un ratón. Ellery lanzó una exclamación y pisó el acelerador fuerte, a fondo. Saltaron hacia delante.

Todo ese lado de la montaña bajo ellos estaba ardiendo. El manto se había desgarrado por millares de sitios y los pequeños dientes anaranjados y las largas lenguas mordían y lamían a su gusto la falda, hostiles y cercanos a su propia luz. Todo el paisaje, miniaturizado por la altura, se había, de pronto, puesto a arder. En ese momento mismo, mientras corrían por la infernal carretera por la que habían venido, ambos se dieron cuenta de lo que pasaba.



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