Era a finales de julio y había sido uno de los meses más secos y cálidos desde hacía años. Esta era una zona de bosques casi virgen, una selva de árboles y arbustos achicharrada por el sol, reseca. Era una pura yesca aguardando el fuego. Cualquier excursionista descuidado dejó unas brasas, o tiró una colilla; incluso el calor de unas hojas secas frotadas por la brisa podría haberlo iniciado. Se habría ido corriendo poco a poco bajo los árboles, comiendo la hierba seca y las matas a lo largo de la base de la montaña y, de repente, la brasa habría reventado a arder espontáneamente al llegar el aire más seco de arriba…

El Duesenberg aminoró la marcha, dudó, aceleró, frenó con un chirrido de frenos.

– ¡Estamos atrapados! -gritó Ellery, medio levantado sobre el volante-. ¡Atrás y adelante! -luego, calmándose de pronto, se echó atrás y rebuscó para encontrar un cigarrillo. Su habla era fantasmal-. Es ridículo, ¿verdad? ¡Juicio de fuego! ¿Qué pecados has cometido?

– No hagas el tonto -dijo el inspector, agrio. Se puso en pie y miró rápidamente a derecha e izquierda. Bajo la raya de la carretera las llamas iban royendo.

– Lo gracioso es -murmuró Ellery, dando una larga chupada y expeliendo el humo sin ruido- que yo te he metido en esto. Y está empezando a parecer mi última estupidez… No, no se hace nada mirando, padre. No hay más solución que lanzarse en medio del asunto. La carretera es estrecha y el fuego está llegando ya a la maleza del otro lado -carraspeó de nuevo, pero sus ojos estaban rojos tras sus ruidos y la cara parecía tiza mojada-. No duraremos ni cien metros. No se ve nada, la carretera es todo curvas… Las probabilidades son que si el fuego no nos coge, nos salgamos de la carretera.

El inspector, husmeando, miraba sin hablar.

– Es condenadamente melodramático -dijo Ellery con esfuerzo, observando el valle-. No sé cómo vamos a salir. Sabe a… a charlatanería -tosió y arrojó el cigarrillo con una mueca-. Bueno, ¿cuál es la decisión? ¿Nos quedamos aquí a freírnos o nos jugamos la carta de la carretera, o intentamos trepar monte arriba? Rápido, nuestro anfitrión se impacienta.



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