— Mi familia fue dueña de un gran tesoro hace tiempo — le dijo —. Era un collar de oro con una piedra azul en el centro… ¿un zafiro?

Sonriente, Durossa alzó los hombros; no estaba segura del nombre. Estaba muy avanzada la estación cálida del año, el verano de aquellos Angyar del norte, dentro de su año de ochocientos días que inicia el ciclo de los meses en cada nuevo equinoccio. Para Semley, aquél resultaba un calendario extraño, el cómputo típico de los hombres normales. Su familia se extinguía ahora, pero su sangre era más antigua y más pura que la de cualquiera de los integrantes del grupo del noroeste, que con tanta libertad se unían a los Olgyior. Sobre un asiento de piedra, Semley y Durossa contemplaban los rayos de sol desde una ventana alta de la Gran Torre, en el apartamento de las mujeres casadas. Viuda desde su juventud y sin hijos, Durossa había sido otorgada en segundo matrimonio al Señor de Hallan, que era hermano del padre de ella. Por ser ésta una boda entre parientes y la segunda para ambos, Durossa no recibía el título de Señora de Hallan — que Semley habría de ostentar algún día —, pero se sentaba en el trono, junto al anciano señor y gobernaba con él sus dominios. Mayor que su hermano Durhal, amaba a la joven esposa de éste y se deleitaba con la rubia Haldre.

— Fue comprado — prosiguió Semley — con todas las riquezas que mi antepasado Leynen obtuvo cuando se apoderó del sur de Fief, ¡toda la riqueza de un reino por una joya! Oh, sin duda podría oscurecer a cualquier otra aquí, en Hallan, aun a esos enormes cristales que lleva tu primo Issar. Era tan bello que le dieron un nombre propio; lo llamaban Ojo del Mar. Mi bisabuela lo llevaba.

— ¿Tú nunca lo viste? — preguntó la mujer, con lentitud, mientras contemplaba las verdes colinas donde el largo verano hacía soplar sus cálidos vientos incansables por entre los bosques y los caminos blancos, hasta alcanzar la lejana costa.



5 из 138