
— Se perdió antes de que yo naciera. No, mi padre me ha dicho que fue robado antes de que los Señores de las Estrellas Regasen a nuestros dominios. El prefería no tocar el asunto, pero una anciana de la casta común, sabedora de toda clase de cuentos, siempre me ha asegurado que los Fiia han de saber dónde está.
— ¡Ah, los Fiia! ¡Cuánto me gustaría verlos! — dijo Durossa —. Conocen tantas canciones y leyendas… ¿Por qué nunca vendrán a las Tierras del Oeste?
— Demasiado altas, demasiado frías, creo. Gustan del sol de los valles del sur.
— ¿Se asemejan a los gredosos?
— A ésos no los conozco; se mantienen alejados de nosotros en el sur. ¿No son blancos, como los hombres normales, y deformes? Los Fiia son graciosos; se asemejan a los niños, sólo que más delgados y sensatos. Me pregunto si sabrán dónde está el collar, quién lo robó y dónde lo oculta. Piensa, Durossa, si yo pudiera ir a una fiesta de Hallan y sentarme junto a mi marido con toda la riqueza de un reino en torno a mi cuello y eclipsar a las otras mujeres, tal como ellas eclipsan a los hombres.
Durossa inclinó el rostro hacia la niña, que examinaba sus propios piececitos oscuros sobre una manta, entre su madre y su tía.
— Semley es una simple — murmuró a la niña —; Semley, que brilla como una estrella fugaz, Semley, la mujer de un hombre que no quiere más oro que el de ella…
Y Semley, viendo las verdes colinas del verano que llegaban hasta el mar distante, callaba.
Pero cuando hubo pasado otra estación fría y hubieron regresado, una vez más, los Señores de las Estrellas para coger sus tributos por la guerra — y esta vez una pareja de gredosos enanos les servía de intérpretes, de modo que todos los Angyar se sintieron humillados hasta el límite de la rebeldía —, y cuando hubo pasado también otra estación cálida y Haldre ya había crecido hasta convertirse en una dulce y locuaz niña, Semley la llevó consigo, una mañana, hasta la solana de Durossa, en la Torre. Semley lucía una vieja capa y una capucha cubría sus cabellos.
