— Ten contigo a Haldre por unos pocos días, Durossa — pidió con calma, pero de prisa —. voy a ir al sur, a Kirien.

— ¿Vas a ver a tu padre?

— Hallaré mi herencia. Vuestros primos de Harget Fief se han mofado de Durhal; incluso Parna, ese mestizo, se cree con derecho a atormentarlo porque su mujer tiene un edredón de raso para su lecho y unos pendientes de diamante y tres vestidos… ¡Esa bruja de pelo negro! Y en tanto, la mujer de Durhal ha de remendar su vestido…

— ¿El orgullo de Durhal está en su mujer o en lo que ella lleva?

Pero Semley no cambió su propósito.

— Los Señores de Hallan se han convertido en hombres pobres en su propia mansión. Traeré mi dote a mi señor, tal como una de mi estirpe debe hacerlo.

— ¡Semley! ¿Sabe Durhal que partes?

— Dile que el mío será un regreso feliz — respondió la joven Semley rompiendo en una breve risa gozosa, luego se inclinó a besar a su hija, y antes de que Durossa pudiese hablar ya marchaba, ligera como el viento, sobre el suelo de piedra de la solana.

Las mujeres casadas de los Angyar jamás cabalgaban, sino por necesidad, y Semley no había salido de Hallan después de su matrimonio; ahora, al montar sobre la alta silla de su animal alado se sintió niña otra vez, como la doncella indómita que había sido, cabalgando sobre escuálidas bestias con el viento del norte, a través de los campos de Kirien, pero su montura actual provenía de las montañas de Hallan, era de la mejor de las razas, de piel a rayas, recia y lustrosa. extremidades vivaces, ojos verdes, penetrantes a pesar del viento, claras y vigorosas alas que se elevaban y caían a cada lado de Semley, descubriendo y ocultando, descubriendo y ocultando las nubes por encima y las colinas por debajo.



7 из 138