
Y entonces fue cuando Sintora entró en la luz y, quitándole los dobleces al papel de estraza, sin leerlo, dijo que buscaba al cabo Solé Vera y que lo mandaba el teniente Villegas. Y se quedó con el papel colgando de su mano estirada, viendo cómo el tipo vestido de torero lo miraba con extrañeza, cómo mi padre no lo miraba y cómo una nueva figura, un hombre con el pelo negro y un flequillo lacio y en forma de hacha, un tajo negro partiéndole la frente, salía de la sombra y lo miraba con la negrura de sus ojos, manchándolo de hollín, de betún, con la mirada.
– ¿A ti no te paresen maricones los toreros, niño? Maricones o moñas, sarasas. Cagalís o como los mentéis en tu pueblo. ¿Ponerse esto no es de maricones? Mira.
Se señalaba Enrique Montoya, el torero del viento, la entrepierna, el apretamiento que allí tenía. Pero a Sintora poco le importaba aquel traje sucio, rosa y oro, en el que apenas cabía medio cuerpo del furtivo matador, ni las botas medio reventadas en las que llevaba metidos los pies o la camisa militar que tenía puesta bajo la chaquetilla de los bordados, abierta y a punto de estallar.
– Di, niño, ¿qué te parese?
– Yo busco al cabo Solé Vera -miraba dudoso Sintora el papel y el galón raquítico de mi padre, que él veía borroso y que tenía un color demasiado oscuro, casi marrón.
