Mira tú -y se ponía de perfil, como si posara para un fotógrafo o él mismo fuese ya una fotografía, una fotografía antigua y despintada que llevaba muchos años colgada en la pared de una casa en la que ya nadie sabía quién era el hombre de la foto. Eso le dijo mi padre: Montoya, le dijo, tienes cara de retrato antiguo, de esos que hay en casa del Marqués y que ni él mismo sabe quiénes son. Y tú, qué buscas, niño, siguió diciendo mi padre con el mismo tono, pero no dirigiéndose ya al que iba vestido de torero y que se llamaba Montoya, sino a Gustavo Sintora, que dudó, miró para atrás y no supo si mi padre le hablaba a él.

Y entonces fue cuando Sintora entró en la luz y, quitándole los dobleces al papel de estraza, sin leerlo, dijo que buscaba al cabo Solé Vera y que lo mandaba el teniente Villegas. Y se quedó con el papel colgando de su mano estirada, viendo cómo el tipo vestido de torero lo miraba con extrañeza, cómo mi padre no lo miraba y cómo una nueva figura, un hombre con el pelo negro y un flequillo lacio y en forma de hacha, un tajo negro partiéndole la frente, salía de la sombra y lo miraba con la negrura de sus ojos, manchándolo de hollín, de betún, con la mirada.

– ¿A ti no te paresen maricones los toreros, niño? Maricones o moñas, sarasas. Cagalís o como los mentéis en tu pueblo. ¿Ponerse esto no es de maricones? Mira.

Se señalaba Enrique Montoya, el torero del viento, la entrepierna, el apretamiento que allí tenía. Pero a Sintora poco le importaba aquel traje sucio, rosa y oro, en el que apenas cabía medio cuerpo del furtivo matador, ni las botas medio reventadas en las que llevaba metidos los pies o la camisa militar que tenía puesta bajo la chaquetilla de los bordados, abierta y a punto de estallar.

– Di, niño, ¿qué te parese?

– Yo busco al cabo Solé Vera -miraba dudoso Sintora el papel y el galón raquítico de mi padre, que él veía borroso y que tenía un color demasiado oscuro, casi marrón.



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