– Lo que nos hacía falta era un niño de pañales. Se piensan que el destacamento de Villegas es el coño de la Charito. La última mierda.

El que hablaba era el hombre que venía de la oscuridad, el que tenía el flequillo cortándole la frente como un hacha de color negro. También tenía los ojos negros, y las manos, y las puntas de las uñas. Y los labios también tenían un tinte de carbón, oscuros y muy perfilados, y parecía que fuese la voz, que también era negra, la que le dejase un rastro de alquitrán en la boca. Era Ansaura, el Gitano, que no se sabía si era o no gitano pero al que todos llamaban Ansaura, el Gitano, y que, primero en un camión, luego a lomos de un mulo y al final cargada sobre sus propios hombros, habría de llevar por todos los frentes, por tierras empantanadas, por trincheras y pueblos devastados, una máquina de coser al lado de la cual acabarían fusilándolo mientras él pensaba en su mujer y murmuraba su nombre, Amalia, Amalia, Amalia Monedero. Pero eso fue mucho tiempo después, cuando Sintora ya había conocido a Serena Vergara y le había perdido el miedo a aquel hombre que entonces hablaba de las debilidades del teniente Villegas y de cómo todo lo que no valía para otra cosa era enviado a ese destacamento, el coño de la Charito.

Mi padre se puso el cigarro en la boca, prendió un encendedor que tenía una llama medio verde y, después de echar el primer humo despacio, mirando al suelo empezó a andar hacia un camión destartalado y de morro chato a la par que hablaba, tranquilo, con la voz baja de quienes tienen una autoridad que está más allá de los galones:

– Venga, niño, que te vamos a enseñar la guerra. Guárdate el papel y sube al camión. Tú, Montoya, quítate el traje, que se lo tiene que poner uno al que mañana va a coger el toro. Doblas. Ansaura, el camión de la Doce.

Y todos, después de quedarse un instante mirando cómo andaba mi padre, mirando sus propias sombras alargadas entre los camiones y las lonas que cubrían los vehículos, se pusieron en marcha. Doblas, al que mi padre le había dado una palmada en el hombro y que era el de la cara congestionada, fue el primero en moverse, sombra lenta de mi padre, respirando, sin ser viejo, como respira un perro o un oso viejo o quizá un elefante marino viejo y de color morado.



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