Los que hemos vivido más tiempo aquí, los que conservamos los archivos de los primeros años del Asentamiento, sabemos que los temerarios proyectos de dispersión pueden amenazar nuestra supervivencia y que la sensatez reposa en el orden y la cooperación estricta. Estoy encantado de decirles que la Junta recibirá a los intrépidos exploradores con el beneplácito de la Ciudad y les ofrecerá una recompensa digna de sus esfuerzos.

Se produjo un silencio muy distinto al anterior.

Vera tomó la palabra; aunque se la veía frágil junto al grupo de hombres corpulentos, su voz sonó clara y suave:

—Agradecemos al representante de la Junta su atenta invitación.

—La Junta espera recibir a los exploradores y estudiar sus mapas e informes dentro de tres días —añadió Falco.

Otra vez reinó un silencio contenido.

—Damos las gracias al concejal Falco y declinamos la invitación —replicó Lev.

Un hombre mayor tironeó del brazo de Lev y habló enérgicamente en voz baja; aunque hubo muchos comentarios rápidos y cuchicheados entre los que estaban en el atrio, la multitud reunida ante el Templo permaneció silenciosa e inmóvil.

—Antes de responder a la invitación de la Junta, debemos tomar decisiones sobre varias cuestiones —explicó Vera a Falco en tono lo bastante alto para que todos oyeran.

—Las decisiones ya se han tomado, senhora Adelson. La Junta ya las ha tomado. Sólo esperamos vuestra obediencia. —Falco dedicó una reverencia a Vera, alzó la mano para saludar a la multitud y abandonó el atrio rodeado por los guardias.

La gente hizo espacio más que suficiente para que pasaran.

En el atrio se formaron dos grupos: los exploradores y otros hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, en torno a Vera, y un grupo más numeroso alrededor de Elia, un rubio de ojos azules. La situación se reprodujo entre los congregados, hasta que acabaron por parecerse a un bosque de anillos arbóreos: círculos pequeños, en su mayoría de gente joven, y círculos más grandes, formados por personas mayores. Todos discutían apasionadamente pero sin violencia. Una mujer alta y vieja esgrimió su paraguas de hojas rojas ante una muchacha vehemente y se puso a gritar:



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