
—¡Desertores! ¡Lo que ustedes quieren es huir y dejar que nosotros hagamos frente a los Jefes! ¡Les hace falta una azotaina! —Para ratificar sus palabras, la anciana dio un paraguazo al aire.
Los que rodeaban a la vieja parecieron esfumarse rápidamente, llevándose a la chica que la había enfadado. La mujer quedó sola, roja como el paraguas, esgrimiéndolo hoscamente contra la nada. Poco después, con el ceño fruncido y los labios apretados, se integró en otro círculo.
Los dos grupos del atrio se unieron. Elia habló con serena intensidad:
—Lev, el desafío directo es tan violento como un puñetazo o una cuchillada.
—Puesto que rechazo la violencia, me niego a seguirle la corriente a los violentos —replicó el joven.
—Desencadenarás la violencia si rechazas la petición de la Junta.
—Encarcelamientos, quizá palizas. Está bien. Elia, ¿qué queremos? ¿La libertad o la simple seguridad?
—Provocas la represión desafiando a Falco en nombre de la libertad o de cualquier otra cosa. Así les haces el juego.
—Ya somos juguetes en sus manos, ¿no? —terció Vera—. Lo que nos interesa es salir de este juego.
—Estamos de acuerdo en que ha llegado el momento, en que ha llegado la hora de hablar con la Junta…, de hablar firme y sensatamente. Pero si comenzamos con un desafío, si empezamos por la violencia moral, no lograremos nada y ellos recurrirán a la fuerza.
—No tenemos la pretensión de desafiarlos, nos limitaremos a mantenernos firmes en la verdad —insistió Vera—. Elia, sabes de sobra que si ellos apelan a la fuerza, hasta nuestro intento de razonar se convierte en una forma de resistencia.
