La exposición de Andre llegó a su fin y cedió el turno a Lev, un joven delgado y huesudo, de pelo negro grueso y brillante. Lev también empezó titubeante, buscando las palabras que le permitieran describir el valle que habían descubierto y las razones por las que lo consideraban el más apto para un asentamiento. A medida que hablaba, su voz ganaba confianza y se olvidaba de sí mismo, como si tuviera delante el motivo de su narración: el ancho valle y el río al que habían llamado Sereno, el lago que más arriba se extendía, las tierras pantanosas en las que el arroz crecía espontáneamente, los bosques de buena madera, las laderas donde podrían crear huertos y cultivar tubérculos y donde las casas estarían libres de barro y humedad. Les habló de la desembocadura del río, una bahía generosa en crustáceos y en algas marinas comestibles; mencionó las montañas que rodeaban el valle hacia el norte y el este, protegiéndolo de los vientos que en invierno convertían a Songe en un hastío de lodo y frío.

—Las cumbres trepan mucho más allá de las nubes, hacia el silencio y el sol —explicó—. Protegen el valle como una madre que abraza a su hijo. Las llamamos las Montañas del Mahatma. Permanecimos quince días, mucho tiempo, para cerciorarnos del hecho que las montañas cortaban el paso a las tormentas. Allá el principio del otoño es como pleno verano aquí, aunque las noches son más frías; los días eran soleados y no llovía. Grapa calculó que podrían hacerse tres cosechas anuales de arroz. En los bosques la fruta abunda y la pesca en el río y en las orillas de la bahía bastará para alimentar a los colonos del primer año, hasta que se recoja la primera cosecha. ¡Las mañanas son realmente luminosas! No sólo nos quedamos para comprobar las bondades del clima. Fue difícil abandonar aquel sitio, incluso para volver a casa.



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