– En excelente estado de salud, mi presidente.

– Transmítele mis respetos. Tienes buen aspecto, Michael. Salta a la vista que París te favorece -volvió a sonreír-. Puedes fumar si quieres. Sé que te agrada. A mí me lo han prohibido los médicos.

Volvió a ocupar su puesto detrás del escritorio y Aroun se sentó en uno de los sillones, consciente de la presencia de Rashid en la sombra, junto a la pared.

– París es buena cosa, pero mi lugar está aquí ahora, en estos tiempos difíciles.

Saddam Husein meneó la cabeza.

– No estoy de acuerdo, Michael. A mí me sobran soldados, pero tengo pocos hombres como tú. Eres rico, famoso, plenamente aceptado en los más altos círculos de la sociedad y entre los gobiernos de todo el mundo. Y además, por causa de tu madre, a quien Dios tenga en su gloria, no sólo eres iraquí sino también ciudadano francés. No, Michael. Quiero que te quedes en París.

– Pero ¿por qué, mi presidente? -preguntó Aroun.

– Porque es posible que algún día te solicite un servicio para mí y para nuestro país, que sólo tú podrías prestarnos.

– Cuente conmigo para lo que sea necesario -replicó Aroun.

Saddam Husein se puso en pie y fue hacia la ventana más próxima, abrió las contraventanas y salió a la terraza. Las sirenas ululaban quejumbrosamente dando fin al simulacro y las luces de la ciudad empezaron a encenderse poco a poco.

– Confío en que nuestros amigos americanos y británicos se limiten a ocuparse de sus propios asuntos, de lo contrario… -se encogió de hombros-. De lo contrario, tendremos que decirles que lo hagan. Recuerda, Michael, que, como dejó escrito el profeta en el Corán, hay más verdad en una espada que en diez mil palabras.

Hizo una pausa y luego prosiguió, sin dejar de contemplar el panorama de la ciudad:

– Un francotirador en la oscuridad, Michael. Del SAS británico, o de los israelíes, ¡qué más da! Pero… ¡menudo golpe, la muerte de Saddam Husein!



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