
– Dios no lo quiera -dijo Michael Aroun.
Saddam se volvió hacia él.
– Cúmplase siempre Su voluntad, Michael, pero ¿entiendes lo que quiero decir? Lo mismo podría pasarles a Bush o a esa mujer, la Thatcher. Una prueba de que mi brazo alcanza a todas partes. El golpe definitivo -se volvió nuevamente de espaldas-. ¿Serías capaz de organizar una cosa así, en caso necesario?
Aroun se sintió excitado como nunca en su vida.
– Ya lo creo, mi presidente. Todo es posible, en especial si se dispone de dinero suficiente. Sería un obsequio mío para usted.
– Bien-asintió Saddam-. Regresarás a París inmediatamente. El capitán Rashid te acompañará. Él tiene los detalles de ciertos códigos que usaremos en las emisiones públicas de radio, cosas así. Puede suceder que el día no llegue nunca, Michael, pero si se da el caso…
Otra vez se encogió de hombros.
– Tenemos amigos influyentes -se volvió hacia Rashid-. Ese coronel del KGB, de la embajada soviética en París…
– El coronel Josef Makeiev, mi presidente.
– Sí -corroboró Saddam Husein-. Como muchos de los suyos, no está muy conforme con los cambios que ocurren ahora en Moscú. Nos ayudará en todo cuanto pueda. En realidad, ya se nos ha ofrecido.
De nuevo encerró a Aroun en un abrazo de hermano.
– Ve ahora. Tengo quehacer.
En el palacio aún no habían dado las luces. Aroun salió a la oscuridad del corredor guiándose por el círculo de claridad de la linterna que portaba Rashid.
Desde su regreso a París había visto con frecuencia a Makeiev, aunque deliberadamente limitó sus relaciones a los actos de sociedad, como las recepciones de las diversas embajadas. Saddam Husein estaba en lo cierto; el ruso, decididamente inclinado en favor de su causa, se manifestaba más que dispuesto a hacer cualquier cosa que supusiera dificultades para Estados Unidos y Gran Bretaña.
Las noticias del Próximo Oriente, desde luego, eran desfavorables. Quién hubiera dicho que llegaría a organizarse tan descomunal ejército. Y luego, en la madrugada del 17 de enero empezó la batalla del aire. Un revés tras otro, y la ofensiva terrestre que no tardaría en desencadenarse.
