
Se sirvió otro coñac, mientras recordaba la rabia y la desesperación que había sufrido cuando se enteró de la muerte de su padre. Aunque nunca fue hombre demasiado religioso, acudió a una mezquita de París y rezó. Pero no le sirvió de consuelo. La sensación de impotencia le roía, hasta que, por fin, una mañana irrumpió en el gran salón barroco Ali Rashid, pálido y excitado, con un bloc de notas en la mano.
– Por fin ha salido, señor Aroun. La señal que esperábamos. Acabo de escucharla por radio Bagdad.
El viento del cielo está soplando. Servíos de lo que
está en la mesa y que Dios os acompañe.
Aroun miró con asombro a su interlocutor y la mano temblorosa que aferraba el bloc, pero él también tenía la voz ronca cuando dijo:
– Tenía razón el presidente. El día ha llegado.
– Exacto -dijo Rashid-. «Servíos de lo que está en la mesa.» Hay que poner manos a la obra. Voy a ponerme en contacto con Makeiev y celebraremos una entrevista cuanto antes.
De pie junto a la ventana y silbando bajito una cancioncilla que nadie conocía, Dillon contempló el panorama de la avenida Victor Hugo y el Bois de Boulogne.
– Esto debe de ser lo que los agentes de la propiedad llaman una vista privilegiada.
– ¿Me aceptaría una copa, señor Dillon?
– Un champán no caería mal.
– ¿Tiene usted alguna preferencia? -preguntó Aroun.
– ¡Ah, sí! ¡El hombre que tiene de todo! -dijo Dillon-. Desde luego, me gustaría un Krug, pero no de gran añada. Prefiero saborear la combinación de varietales.
– Hombre de gustos finos, según veo. -Aroun hizo una seña a Rashid, que abrió una puerta lateral y salió.
Dillon se desabrochó el chaquetón, sacó un cigarrillo y lo encendió.
