
– ¿Conque precisan ustedes de mis servicios, por lo que me ha dicho ese viejo zorro? -indicó con un ademán hacia Makeiev, que se calentaba junto a la chimenea-. El trabajo más importante de mi vida, según me explicó, más un millón de libras. ¿Qué hay que hacer?
Rashid regresó en seguida con el Krug en una cubitera y tres copas en una bandeja; tras dejar ésta sobre la mesita se puso a descorchar la botella. Aroun contestó:
– No estoy seguro, pero tendría que ser algo muy especial, algo que demuestre al mundo entero que Saddam Husein puede golpear donde se le antoje.
– Buena falta le hace al pobre chico -replicó alegremente Dillon-. No están saliéndole bien los asuntos últimamente.
Cuando Rashid hubo llenado las tres copas, el irlandés agregó:
– ¿Qué problema tienes, muchacho? ¿No vas a beber con nosotros?
Rashid sonrió y Aroun explicó:
– Pese a Winchester y a Sandhurst, señor Dillon, el capitán Rashid sigue siendo un musulmán muy musulmán. No toma alcohol.
– A su salud, pues -alzó la copa Dillon-. Respetemos a un hombre de principios.
– Tendría que ser algo grande, Sean. No vale la pena intentar nada de importancia secundaria. Aquí no se trata de volar a cinco paracaidistas británicos en Belfast -dijo Makeiev.
– ¡Ah! ¿Prefieren a Bush? -sonrió Dillon-. ¿Es eso lo que quieren, el presidente de Estados Unidos tumbado de espaldas con una bala alojada en la cabeza?
– ¿Sería tan absurdo eso? -preguntó Aroun.
– Hoy por hoy, sí, colega -replicó Dillon-. George Bush no se ha enfrentado sólo a Saddam Husein, sino a toda la nación árabe. Ya sé que eso es una tontería, pero así es como lo ven muchos árabes fanáticos. Grupos como Hezbollah, OLP o las partidas incontroladas como los Vengadores de Alá, de los que serían capaces de atarse una bomba a la cintura y hacerla estallar mientras el presidente se inclina para estrechar una mano de entre la muchedumbre. Conozco a esa gente, sé cómo funciona su mentalidad. He colaborado en el entrenamiento de agentes del Hezbollah en Beirut y he trabajado para la OLP.
