– Así pues, ¿cree que nadie puede acercarse a Bush en estos momentos?

– Lea los periódicos. Las aceras de Washington y de Nueva York han sido limpiadas de cualquiera que tenga el más ligero aspecto de árabe.

– Pero usted, señor Dillon, no tiene ningún aspecto de árabe -dijo Aroun-. Para empezar, es rubio.

– También Lawrence de Arabia era rubio y solía hacerse pasar por árabe -meneó la cabeza Dillon-. El presidente Bush tiene el mejor servicio de seguridad del mundo, pueden creerme. Un círculo de acero, y además, en las circunstancias presentes va a quedarse en casa hasta que termine ese jaleo del golfo, ya lo verán.

– ¿Y el secretario de Estado, James Baker? -preguntó Aroun-. Está dedicado a la diplomacia itinerante por toda Europa.

– Sí, pero la dificultad estriba en saber cuándo. Usted se entera de que ha estado en Londres o en París cuando ya ha terminado su estancia y lo sacan por la televisión. No, olvídense de los norteamericanos por ahora.

Aroun cayó en un silencio sombrío. Makeiev fue el primero en romperlo.

– Aconséjanos con tu experiencia profesional, Sean. ¿Quién tiene el sistema de seguridad más débil en lo tocante a líderes nacionales?

Dillon prorrumpió en una sonora carcajada.

– ¡Ah! Supongo que podrán contestar a eso aquí, los de Winchester y Sandhurst.

Rashid sonrió.

– Tiene razón. Los británicos seguramente son los mejores del mundo para operaciones clandestinas. Los éxitos de su Special Air Service Regiment hablan por sí solos, pero en otros aspectos… -meneó la cabeza.

– El primer obstáculo con que tropiezan es la burocracia -explicó Dillon-. Los servicios de seguridad británicos operan a través de dos departamentos principales. Los que muchos siguen llamando el MI5 y el Ml6. El MI5, o DI5 si verdaderamente queremos ser exactos, está especializado en contraespionaje en el interior de Gran Bretaña; los demás actúan en el extranjero.



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