
Rashid le llenó de nuevo la copa de champaña.
– ¿Y dice usted que, debido a eso, sus dirigentes no están bien protegidos? ¿La reina, por ejemplo?
– ¡Vamos! -se sorprendió Dillon-. No hace tantos años que la reina despertó en Buckingham Palace y encontró a un intruso sentado en su cama. ¿Y cuántos días habrán transcurrido, seis nada más diría yo, desde que el IRA estuvo a punto de cargarse a Margaret Thatcher y a todo el gabinete británico en un hotel de Brighton, durante el congreso del partido conservador?
Dillon dejó la copa sobre la mesita y dio lumbre a otro cigarrillo.
– Los británicos son gente de mentalidad anticuada. Les gusta que los policías vayan de uniforme para que se sepa que lo son, y no quieren que les digan lo que deben hacer, y esto se refiere a los ministros del gabinete que van a pie dando un paseo por las calles desde su casa de Westminster hasta el Parlamento.
– Por fortuna para los demás que no somos como ellos -comentó Makeiev.
– Exacto -remachó Dillon-. Incluso a los terroristas tienen que tratarlos con miramientos, o digamos hasta cierto punto, no como los servicios secretos franceses. ¡Cristo!, si los muchachos del Action Service pudieran echarme el guante me tendrían despatarrado y con un cable eléctrico en los huevos antes de lo que se tarda en contarlo. Pero, ¡ojo!, que también ésos se equivocan de vez en cuando.
– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Makeiev.
– ¿Tienen a mano un periódico de la tarde?
