
– ¿Para qué? -quiso saber Aroun.
– Para una emboscada. Mire, yo sé cómo se montan esas operaciones. Habrá un solo coche, dos a lo sumo, y una escolta. Quizá media docena de motoristas de las CRS.
– ¡Dios mío! -susurró Aroun.
– Sí, bueno. Él no tiene mucho que ver con eso. Podría salir bien. Muy rápido y muy sencillo, lo que los ingleses dicen un pedazo de tarta.
Aroun se volvió a Makeiev en busca de auxilio, pero el otro se encogió de hombros.
– Lo dice en serio, Michael. Tú lo has pedido así, conque decídete.
Aroun respiró hondo y se volvió de nuevo hacia Dillon. -Está bien.
– De acuerdo -dijo tranquilamente Dillon. Tomó de la mesita un bloc y un lápiz, y garabateó con rapidez-. He aquí los datos de mi cuenta numerada en Zúrich. Le transferirán un millón de libras mañana por la mañana a primera hora.
– ¿Por adelantado? -se extrañó Rashid-. ¿No es mucho pedir?
– No, muchacho. Vosotros sois los que pedís mucho, así que las reglas han cambiado. Terminado el encargo con éxito, espero recibir otro millón.
– ¡Un momento! -empezó Rashid.
Pero Aroun le hizo callar con un ademán.
– Conformes, señor Dillon, y me parece incluso barato. ¿En qué podemos servirle ahora?
– Necesitaré dinero para los primeros gastos. Supongo que un hombre como usted no dejará de tener en casa una buena cantidad de vil metal.
– Una gran cantidad, ciertamente -sonrió Aroun-. ¿Cuánto necesita?
– ¿Podría ser en dólares? Unos veinte mil, digamos.
– Naturalmente. -Aroun hizo un gesto a Rashid, que se encaminó al fondo del salón y descubrió una caja fuerte empotrada detrás de un cuadro al óleo.
– Y yo, ¿qué hago? -preguntó Makeiev.
– El antiguo almacén de la calle Helier, el que hemos usado otras veces. ¿Todavía tienes la llave?
– Desde luego.
– Bien. Allí encontraré casi todo lo que necesito. Para este trabajo, no obstante, me falta una ametralladora ligera. Con trípode. Una Heckler & Koch o una M60, cualquier cosa por el estilo servirá -consultó su reloj-. Las ocho. Me gustaría que estuviese allí a las diez, ¿de acuerdo? Debe ser puntual.
