– Desde luego -repitió Makeiev.

Rashid se acercó con un portadocumentos.

– Veinte mil. En billetes de cien, lo siento.

– ¿Alguna posibilidad de que estén controlados? -preguntó Dillon.

– Descartado -le aseguró Aroun.

– Bien. Me llevaré los mapas.

Anduvo hacia la puerta, salió y empezó a bajar la escalera semicircular rumbo al portal. Aroun, Rashid y Makeiev le acompañaron.

– Pero ¿eso es todo, señor Dillon? -preguntó Aroun-. ¿No podemos hacer nada más por usted? ¿No necesita más ayuda?

– La que ahora necesito voy a buscarla en el hampa -explicó Dillon-. Los sinvergüenzas honrados que trabajan por dinero suelen inspirarme más confianza para estas cosas de los fanáticos de una causa política. No siempre, pero la mayoría de las veces sí. No se preocupen. Tendrán noticias mías, sean las que fueren. Para entonces habré empezado a actuar.

Rashid abrió el portal. Entró una ráfaga de aguanieve, y Dillon se caló la gorra.

– Cochina noche, por cierto.

– Una cosa más, señor Dillon -añadió Rashid-. ¿Qué pasa si algo sale mal? Quiero decir que, como usted habrá cobrado su millón por adelantado, nosotros…

– ¿Os quedaríais sin nada a cambio? No te preocupes, muchacho. En ese caso, propondré un objetivo alternativo. Nos queda el nuevo primer ministro británico, ese tal John Major. Estoy seguro de que a vuestro jefe en Bagdad tampoco le disgustaría ver su cabeza en una bandeja.

Sonrió por última vez, salió a la calle, bajo el aguacero, y cerró el portal a sus espaldas.

2

Por segunda vez aquella, noche Dillon se detuvo delante de Le Chat Noir, al extremo del pequeño malecón.



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