
Cuando se abrió la puerta y entró Dillon, el otro hermano, dejó de tocar.
– ¡Ah! ¿Otra vez por aquí, monsieur Rocard?
– Hola, Gaston -le estrechó la mano Dillon y luego se volvió hacia el de la barra-. Hola, Pierre.
– Escuche. Todavía me acuerdo de esa canción, esa melodía irlandesa que le gusta a usted. -Gaston tocó unas notas en su instrumento.
– Muy bien. Eres un artista -dijo Dillon.
A espaldas de ellos, la parejita abandonó sus asientos y salió. Pierre sacó del frigorífico media botella de champaña.
– ¿Champaña como siempre, supongo? No es nada del otro jueves, amigo, pero aquí somos pobres.
– Conseguirás que me eche a llorar -replicó Dillon.
– ¿En qué podemos servirle? -inquirió Pierre.
– ¡Bah! Pensaba proponeros un pequeño negocio -hizo Dillon un ademán hacia la puerta-. Sería mejor cerrar, me parece.
Gaston dejó el acordeón sobre la barra y fue a bajar la persiana metálica. Luego corrió el cerrojo de la puerta y retornó a su taburete.
– ¿Y bien, amigo?
– Puede ser el negocio de vuestra vida, muchachos -dijo Dillon abriendo el maletín para sacar uno de los mapas de carreteras, con lo que descubrió al mismo tiempo los fajos de billetes de cien-. Veinte mil, americanos. Diez ahora y el resto después del trabajo -anunció.
– ¡Santo cielo! -exclamó Gaston, impresionado, pero Pierre no desfrunció el ceño-. ¿Qué hay que hacer a cambio de tanto dinero?
