Estaba casi desierto; en una mesa rinconera una pareja hacía manitas sobre una botella de vino. El acordeón tocaba quedo y el músico charlaba al mismo tiempo con el encargado de la barra. Eran los hermanos Jobert, gángsteres de poca monta en el hampa de París, cuyas actividades fueron a menos desde que Pierre, el de la barra, perdió una pierna en un desgraciado accidente de automóvil, tres años antes, durante un atraco a mano armada.

Cuando se abrió la puerta y entró Dillon, el otro hermano, dejó de tocar.

– ¡Ah! ¿Otra vez por aquí, monsieur Rocard?

– Hola, Gaston -le estrechó la mano Dillon y luego se volvió hacia el de la barra-. Hola, Pierre.

– Escuche. Todavía me acuerdo de esa canción, esa melodía irlandesa que le gusta a usted. -Gaston tocó unas notas en su instrumento.

– Muy bien. Eres un artista -dijo Dillon.

A espaldas de ellos, la parejita abandonó sus asientos y salió. Pierre sacó del frigorífico media botella de champaña.

– ¿Champaña como siempre, supongo? No es nada del otro jueves, amigo, pero aquí somos pobres.

– Conseguirás que me eche a llorar -replicó Dillon.

– ¿En qué podemos servirle? -inquirió Pierre.

– ¡Bah! Pensaba proponeros un pequeño negocio -hizo Dillon un ademán hacia la puerta-. Sería mejor cerrar, me parece.

Gaston dejó el acordeón sobre la barra y fue a bajar la persiana metálica. Luego corrió el cerrojo de la puerta y retornó a su taburete.

– ¿Y bien, amigo?

– Puede ser el negocio de vuestra vida, muchachos -dijo Dillon abriendo el maletín para sacar uno de los mapas de carreteras, con lo que descubrió al mismo tiempo los fajos de billetes de cien-. Veinte mil, americanos. Diez ahora y el resto después del trabajo -anunció.

– ¡Santo cielo! -exclamó Gaston, impresionado, pero Pierre no desfrunció el ceño-. ¿Qué hay que hacer a cambio de tanto dinero?



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