Por experiencia Dillon procuraba decir la verdad hasta donde fuese posible.

– Se me ha encargado por parte de la Unión Corsa resolver un pequeño problema -dijo mientras empezaba a desplegar el mapa, citando el nombre de la organización criminal más temida de Francia-. Un caso de rivalidad comercial, podríamos decir.

– ¡Ah! Entiendo -añadió Pierre-. Usted se ocupará de eliminar el problema.

– Exacto. Las personas en cuestión pasarán por esta carretera en dirección a Valenton mañana, poco después de las dos. Iré a su encuentro aquí, cerca del paso a nivel.

– ¿Y cómo se llevará a cabo el trabajo?

– Una sencilla encerrona. Todavía estáis en el negocio del transporte, ¿verdad? ¿Coches robados, camiones?

– Bien lo sabe usted, que nos los ha comprado tantas veces -contestó Pierre.

– Un par de camionetas no sería demasiado pedir, ¿no es cierto?

– Y luego, ¿qué?

– Esta noche iremos a inspeccionar el terreno -consultó su reloj-. Será a las once, saliendo de aquí. No nos llevará más de una hora.

Pierre meneó la cabeza.

– Escuche. Puede que haya jaleo. Estoy demasiado mayor para andar a tiros por ahí.

– Estupendo -le replicó Dillon-. ¿A cuántos pelaste cuando andabas con los de la OAS?

– Entonces yo era joven.

– Sí, supongo que a todos nos espera lo mismo. Nada de tiros. Vosotros dos iréis y os largaréis en seguida, tan rápidos que ni siquiera os enteraréis de lo que ocurra. Un pedazo de tarta -sacó del portafolios varios fajos de billetes y los extendió con parsimonia sobre la barra-. Diez mil, ¿hay trato?

La codicia se impuso, como siempre, tan pronto como Pierre hubo acariciado los billetes con los dedos.

– Creo que sí, amigo.

– Bien. Hasta las once, pues.

Dillon cerró el maletín y Gaston fue a abrirle la puerta. Cuando el irlandés hubo salido, Gaston volvió a cerrar y luego se volvió.

– ¿Qué opinas?

Pierre sirvió dos copas de coñac.



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