– Déjala sobre la barra. ¡Cristo! ¿Es que no vais a aprender nunca? Ahora llévate a ese mierda de aquí, mientras todavía estoy de buen humor. ¡Ah!, y que lo ingresen de urgencia en el hospital más próximo; me parece que le he dislocado la rótula.

El bajito se acercó a su compañero y, no sin dificultad, consiguió que se incorporase. La pareja se quedó un momento en medio del local, el rostro del barbudo retorcido en una mueca de dolor.

Dillon fue a abrirles la puerta de la calle, donde proseguía el diluvio.

Cuando pasaron por su lado los despidió:

– Tengan ustedes muy buenas noches -y cerró la puerta.

Sin soltar la Walther, encendió un cigarrillo con la derecha después de tomar una cerilla del expositor de la barra, y sonrió al espantado camarero.

– No te preocupes, abuelo, que no es problema tuyo -y luego, recostándose contra la barra, alzó la voz para decir en inglés-: Vamos, Makeiev. Sé que está usted ahí, así que salga.

La cortinilla se abrió y Makeiev y Aroun se hicieron presentes.

– Mi querido amigo Sean, cuánto me alegro de verte otra vez.

– ¿No es extraordinario? -replicó el aludido, con ligerísimo acento del Ulster en la voz-. Primero intenta hacer que me cosan a puñaladas y luego resulta que somos íntimos.

– Ha sido inevitable, Sean -contestó Makeiev-. Para demostrar cierto punto de discusión a este amigo. Voy a presentaros.

– No es necesario -dijo Dillon-. Le he visto a menudo en fotografía. Cuando no aparece en las páginas financieras sale en las revistas de sociedad. ¿Michael Aroun, si no me equivoco? El hombre que tiene todo el dinero del mundo.

– No todo, no todo, señor Dillon -alzó una mano Aroun.

Dillon no hizo caso.

– Dejemos las cortesías, amigo, hasta que me diga usted quién es el que ha quedado al otro lado de la cortina.

– Sal, Rashid -ordenó Aroun en voz alta, y luego explicó volviéndose hacia Dillon-: No es más que un ayudante mío.



4 из 249