Apareció entonces un joven de rostro moreno y facciones astutas; llevaba cazadora de cuero con el cuello levantado, y las manos hundidas en los bolsillos.

Dillon sabía reconocer a un profesional en cuanto le echaba el ojo encima.

– Las manos fuera. -Hizo un ademán con la Walther, y en efecto Rashid sonrió y sacó las manos de los bolsillos-. Bien, ahora ya puedo irme.

Se volvió hacia la puerta.

– Por favor, Sean. Sé razonable. Queremos hablarte de un trabajo -rogó Makeiev.

– Lo siento, Makeiev. No me gusta tu manera de hacer negocios.

– ¿Ni siquiera por un millón, señor Dillon? -intervino Michael Aroun.

Dillon se detuvo un momento para mirarle fríamente, y luego sonrió poniendo en juego su gran cordialidad.

– ¿Un millón de dólares o un millón de libras, señor Aroun? -tras lo cual salió a la calle, bajo el aguacero.

Cuando se cerró la puerta, Aroun comentó:

– No contamos con él.

– Al contrario -replicó Makeiev-. Es un tipo muy extraño ése, puedes creerme.

Volviéndose hacia Rashid, le preguntó:

– ¿Traes el teléfono portátil?

– Sí, coronel.

– Bien, pues ve tras él. Síguele y no le pierdas de vista. Cuando haya entrado en su casa, dondequiera que sea, me llamas. Estaremos en la avenida Victor Hugo.

Rashid salió sin pronunciar palabra. Aroun sacó la cartera y dejó sobre la barra un billete de mil francos.

– Le quedamos muy agradecidos -aclaró en beneficio del estupefacto camarero, y luego él y Makeiev salieron.

Mientras se ponía al volante del sedán Mercedes negro, se volvió de nuevo hacia el ruso.

– No se le ha visto ni un solo titubeo.

– Un tipo muy notable el tal Sean Dillon -respondió Makeiev mientras el automóvil se ponía en marcha-. La primera vez que empuñó una pistola fue por cuenta del IRA, en mil novecientos setenta y uno. Figúrate, Michael. Hace de eso veinte años y aún no ha visto nunca una celda por dentro. Intervino en el caso Mountbatten, tras lo cual los suyos le consideraron quemado, por lo que pasó al continente. Como te decía, ha trabajado para todos, la OLP, el Ejército rojo alemán de los primeros tiempos, incluso para ETA. Mató a un general español por encargo de los nacionalistas vascos.



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