
– ¿Y para el KGB?
– Naturalmente. Ha trabajado para nosotros en varias ocasiones. Contratamos siempre a los mejores, y Sean Dillon es de ésos. Además de inglés e irlandés, que no hace al caso, habla francés y alemán con soltura; árabe, italiano y ruso pasablemente.
– Y no le han atrapado nunca en veinte años. ¿Cómo ha podido tener tanta suerte?
– Porque posee un extraordinario talento de actor, amigo. O mejor dicho, es un genio. Cuando era un adolescente su familia se mudó de Belfast a Londres, y allí consiguió ingresar en la Real Academia de Arte Dramático con una beca. Incluso figuró en el elenco del Teatro Nacional cuando tenía diecinueve o veinte años. Nunca he conocido a nadie tan capaz de cambiar de personalidad o de aspecto recurriendo sólo al lenguaje corporal. No suele utilizar disfraces, aunque tampoco los desdeña cuando hace falta. Según la leyenda, a los servicios secretos de varios países les falta una fotografía que poner en su ficha, de manera que no saben a quién deberían buscar.
– ¿Ni siquiera los británicos? Al fin y el cabo, tratándose de un agente del IRA deben ser los mejor informados.
– Ni siquiera los británicos. Como te decía, no le han detenido nunca, ni le interesó jamás la celebridad, a diferencia de otros amigos suyos irlandeses. No creo que exista una foto suya en ninguna parte, excepto los viejos retratos del colegio.
– ¿Tampoco de sus tiempos de actor?
– Eso quizá, pero han transcurrido veinte años, Michael.
– ¿Crees que se encargará de nuestro asunto si le ofrezco una cantidad suficiente?
– El dinero por sí solo nunca ha sido móvil suficiente para él. Dillon se fija sobre todo en la naturaleza del trabajo… ¿Cómo decirlo? Que sea interesante. Y por encima de todo, es un actor. Vamos a ofrecerle un nuevo papel. En el teatro del mundo, si se quiere, pero no deja de ser una interpretación.
