
Por no hablar, claro, de la deslumbrante Dianora, su gran amor de otros tiempos, su antigua amante, convertida en esposa del banquero Kledermann. Esta no le había ocultado que, entre una fortuna y una pasión, no cabía ninguna duda. Lo gracioso del asunto era que, al casarse con Kledermann, Dianora se había convertido —sin ningunas ganas— en madrastra de Mina, alias Lisa Kledermann, la secretaria modelo pero experta en transformaciones a la que en el palacio Morosini todos añoraban unánimemente. Ella también se había esfumado una mañana gris y brumosa, sin pensar ni por un momento que una palabra amistosa quizás habría complacido a su antiguo jefe.
El verano pasó. Sofocante, brumoso, tormentoso. Para huir de las hordas de turistas y de novios en su luna de miel, Aldo se refugiaba de vez en cuando en una de las islas de la laguna en compañía de su amigo Franco Guardini, el farmacéutico de Santa Margarita, cuyo natural silencioso apreciaba. Pasaban allí plácidos ratos entre las hierbas silvestres, sobre un banco de arena o al pie de una capilla en ruinas, pescando, bañándose, recuperando sobre todo las alegrías sencillas de la infancia. Aldo se esforzaba en olvidar que el correo sólo llevaba cartas relacionadas con el negocio y facturas. La única excepción en ese océano de olvido fue una corta epístola de la señora Sommieres anunciando una estancia en Vichy para tratar de recuperarse del hígado, bastante maltrecho tras su experiencia africana: «Reúnete allí con nosotras si no sabes qué hacer», concluía la marquesa con una desenvoltura que acabó de indisponer a su sobrino nieto. Era increíble esa gente que sólo se acordaba de él cuando empezaba a aburrirse. Decidió hacerse el ofendido.
Sin embargo, estaba cada vez más preocupado por Vidal-Pellicorne.
