
—Pero yo soy su único pariente y siento mucho cariño por ella —repuso Aldo—. Tengo la obligación de protegerla.
—¿Contra sí misma? Lo único que conseguirá es ponerse a mal con ella. Está en una edad delicada para una mujer y desgraciadamente no se puede hacer nada. Hay que dejarla llegar hasta el final de su locura, pero estar preparado para recoger los trozos cuando llegue el momento.
—Ya no nada en la abundancia y ese tipo va a acabar de arruinarla.
—Ella se lo habrá buscado.
Era lo más sensato, y desde ese día Aldo evitó pronunciar el nombre de Adriana. Ya lo atormentaba bastante su prima desde que había encontrado unas cartas en el cajón secreto de su bargueño florentino, a raíz del robo. Sobre todo una de ellas, firmada por R., que había conservado a fin de reflexionar sobre ella más despacio, sin encontrar otra clave que el amor pero sin decidirse a compartir el misterio ni siquiera con Guy. Quizá para no verse obligado a mirar las cosas demasiado de frente, pues en su fuero interno le daba miedo descubrir que esa mujer —su primer amor de adolescente— estaba implicada en mayor o menor medida en la muerte de su madre.
Lo cierto era que Aldo no tenía mucha suerte con las mujeres a las que quería. Su madre había sido asesinada y su prima se había vuelto ligera de cascos. En cuanto a la encantadora Anielka, de la que se había enamorado en los jardines de Wilanow, había terminado ante el tribunal de Old Bailey acusada del asesinato de sir Eric Ferráis, su marido, con quien se había casado por orden de su padre, el conde Solmanski. Después del juicio, ella también se había volatilizado; se había ido a Estados Unidos con el conde sin haberle dirigido la menor muestra de ternura o de agradecimiento por todo lo que había hecho para ayudarla, pese a que juraba amarlo sólo a él.
