Si bien los peligros que corre un arqueólogo son limitados, no podía decirse lo mismo cuando a esa apacible profesión se unía la de agente secreto, y Adalbert era muy capaz de haberse metido en algún lío. Así pues, para quedarse tranquilo decidió mandar un telegrama al profesor Loret, conservador del Museo del Cairo, para preguntarle qué era de su amigo. Y fue al regresar de la oficina de correos cuando encontró la carta en su despacho.

No venía de Egipto, sino de Zúrich, y a Morosini le dio un vuelco el corazón. ¡Simon Aronov! ¡Sólo podía ser él! En efecto, el sobre abierto liberó una hoja de papel doblada en cuatro sobre la que habían escrito a máquina: «El miércoles 17 de octubre en la Ópera de Viena para El caballero de la rosa. Pida el palco del barón Louis de Rothschild.»Aldo se sintió revivir. Los vientos embriagadores de la aventura se arremolinaban a su alrededor, y se apresuró a tomar todas las medidas necesarias para estar libre en la fecha indicada. Gracias a Dios, a Guy y a Angelo Pisani, su tienda de antigüedades podía prescindir de él.

Su cambio de humor sacó al palacio Morosini del sopor en el que se estaba sumiendo. La única que frunció el entrecejo fue Celina, su cocinera y más vieja amiga. Cuando le anunció que se iba, dejó de cantar y refunfuñó:

—¿Estás contento porque nos dejas? ¡Muy amable por tu parte!

—¡No digas tonterías! Estoy contento porque me espera un asunto apasionante y porque eso me permitirá romper la rutina diaria.

—¿Rutina? Si me hicieras un poco de caso, ni te acordarías de la rutina. ¿No te he aconsejado varias veces que hicieras un viaje? Verte como un alma en pena me pone negra.

—Pues entonces deberías alegrarte. Voy a viajar.

—Sí, pero vete tú a saber adónde. A mí me gustaría que fueras... a Viena, por ejemplo.

Morosini miró a Celina con un estupor sincero.

—¿Por qué a Viena? Te recuerdo que en verano hace un calor espantoso.



11 из 302