
Celina se puso a juguetear con las cintas que adornaban su cofia y que solían revolotear sobre su imponente persona al ritmo de sus entusiasmos y sus enfados.
—En verano hace calor en todas partes, y además he dicho Viena como hubiera podido decir París, o Roma, o Vichy, o...
—No te devanes los sesos. Precisamente es a Viena adónde voy a ir. ¿Satisfecha?
Sin más comentarios, Celina regresó a su cocina esforzándose en disimular una sonrisa que dejó a Morosini perplejo. Sin embargo, como sabía que no diría nada más, olvidó el asunto y fue a ocuparse del equipaje.
Como no sabía si podría quedarse en Viena después de la cita, se fue tres días antes de la fecha indicada a fin de darse el gusto de callejear por una ciudad cuya elegancia y atmósfera de gracia ligera, alimentada por el eco de un lánguido vals en uno u otro rincón, siempre había apreciado.
A pesar de que hacía un tiempo desapacible, Morosini se sentía alegre cuando su tren llegó al valle del Danubio y se acercó a Viena. Una felicidad racionalmente inexplicable. Los recuerdos festivos de antes de la guerra no tenían nada que ver con ella, ni tampoco los de los dos viajes efectuados a la capital austriaca —exclusivamente de negocios— desde el fin de las hostilidades y su consiguiente liberación de una vieja fortaleza tirolesa. Después de todo, quizás era simplemente porque, aunque se negaba a admitirlo, Viena representaba algo más que un punto de partida tras la pista de una joya desaparecida. ¿Acaso no escuchaba de cuando en cuando, en el fondo de su memoria, una voz alegre que le decía: «Me voy a Viena a pasar la Navidad en casa de mi abuela.»?
Dado el número de abuelas que vivían en la capital austriaca, esa breve información habría sido un poco escasa, pero Morosini poseía una memoria infalible. Le bastaba oír un nombre para que quedara registrado en ella, y en el vestíbulo del Ritz de Londres, Moritz Kledermann, el padre de Lisa, había pronunciado el de la condesa Von Adlerstein.
