
Cuando Morosini bajó del tren en la Kaiserin Elisabeth Westbahnhof, la lluvia caía a raudales de un cielo encapotado, lo que no impedía al viajero silbar un allegro de Mozart mientras se metía en el taxi encargado de conducirlo al hotel Sacher, un establecimiento que le encantaba.
Verdadero monumento a la gloria del arte de vivir vienés, además de amable recuerdo del Imperio austrohúngaro, el Sacher llevaba el nombre de su fundador, antiguo cocinero del príncipe de Metternich, y alzaba justo detrás de la Ópera su silueta señorial, construida en el más puro estilo Biedermeier y que desde 1878 albergaba a todas las figuras ilustres del imperio en el terreno de las artes, la política, el ejército y el sibaritismo, así como a numerosas personalidades extranjeras. Seguía vinculado a él el recuerdo de las cenas refinadas del archiduque Rodolfo, el trágico héroe de Mayerling, de sus amigos y de sus bellas compañeras. Sin embargo, esa sombra altiva y romántica no aportaba ninguna nota triste a un establecimiento que poseía otro elemento glorioso: una magnífica tarta de chocolate rellena de mermelada de albaricoque y servida con nata, cuya fama ya había dado varias veces la vuelta al mundo. Frau Anna Sacher, última mujer del linaje, regentaba ese bonito hotel con mano de hierro enguantada en terciopelo, fumaba puros habanos, criaba dogos poco sonrientes y, pese a la edad y a un contorno de cintura un tanto dilatado, aún sabía hacer como nadie la reverencia ante una alteza real o imperial.
