
Fue a ella a quien Morosini vio aparecer en la puerta de los salones cuando hizo su entrada en el vestíbulo, decorado con plantas y con dos estatuas de alegorías femeninas de pechos robustos, de tamaño mayor que el natural. No siendo más que un modesto príncipe, a Morosini sólo le correspondió el honor de besar una mano regordeta como hubiera hecho con cualquier ama de casa que lo recibiera en su hogar. Esa presencia femenina era uno de los encantos del hotel: Anna Sacher sabía recibir a cada cual según su rango, y cuando se trataba de habituales, eran tratados como amigos. Tal fue el caso de Morosini. Bajo las marcadas ondas de la cabellera plateada, una alegre sonrisa iluminó el rostro todavía fresco aunque un poco rollizo.
—Verlo llegar es tan agradable como si trajera con usted el hermoso sol de Italia, Excelencia. Me alegro de poder desearle una vez más la bienvenida en el umbral de esta casa.
—Espero que me la desee muchas más veces, querida Frau Sacher.
—¡Eso sólo Dios lo sabe! Aunque desde luego no voy para joven. ¿Estará con nosotros algún tiempo?
—No tengo ni idea. Dependerá del asunto que me ha traído aquí. Aunque no es ésa la única razón por la que he venido; la otra es la velada del miércoles en la Ópera.
—¡Ah, El caballero de la rosa! Admirable, admirable. Será una gran velada. ¿Tomaremos juntos la taza de café ritual mientras suben el equipaje a su habitación?
—Tiene usted unas tradiciones encantadoras para sus amigos, Frau Sacher. Sería un pecado rechazarlas.
Entraron juntos en el Rote Café, un elegante salón tapizado de damasco rojo e iluminado con arañas de cristal, donde se apresuraron a servirles el famoso café vienés, coronado de nata y seguido de un vaso de agua helada, que a los austriacos les chiflaba. A Morosini también. Según él, era el único café europeo que rivalizaba con el de los italianos, pues los otros eran infames aguachirles.
