Mientras lo saboreaban, charlaron de cosas intrascendentes y elogiaron Venecia, pero también Viena, donde, pese a las dificultades económicas, la vida mundana se recuperaba de día en día. En realidad, era indispensable si querían continuar atrayendo a los turistas del mundo entero. Sin música y sin vals, Viena dejaría de ser Viena. Al contrario que Alemania, recientemente despojada del Ruhr por Francia y que se sumía cada vez más en la anarquía y el extremismo, el bastión original del imperio de los Habsburgo se esforzaba en recuperar su alma e incluso en salvarla, pues su canciller era un sacerdote, monseñor Seipel. Este antiguo profesor de teología, convertido en diputado y posteriormente en presidente del partido socialcristiano, estaba sacando a flote la economía gracias a la creación de una nueva moneda, el chelín, y a la imposición de severos recortes presupuestarios. Al mismo tiempo, trataba de establecer una moral rigurosa, cosa que, evidentemente, no gustaba a todo el mundo, pero en conjunto Austria funcionaba bastante bien. En cualquier caso, Frau Sacher consideraba que el canciller era un hombre de bien.

—Hay momentos en que casi parece que hayamos vuelto a los buenos tiempos de nuestro querido emperador. La vieja aristocracia se atreve a ser ella misma...

—Hablando de la vieja aristocracia, quizá podría usted serme de ayuda, Frau Sacher. Quiero aprovechar mi estancia aquí para tratar de localizar a una amiga de mi madre de la que no tenemos noticias desde que acabó la guerra, y como usted conoce a toda la ciudad...

—Si está en mi mano, no tiene más que preguntar.

—Muchas gracias. ¿Podría usted decirme si la condesa Von Adlerstein sigue siendo de este mundo?

Las cejas artísticamente perfiladas de la anciana dama subieron un centímetro largo, mientras ella retorcía el motivo de perlas que formaba el centro de la cinta de terciopelo negro que le ceñía el cuello con la ilusoria finalidad de tensarlo.



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