
—¿Por qué no iba a estar viva? Debemos de ser más o menos contemporáneas. Dicho esto, de la alta nobleza que constituye el entorno habitual de los soberanos, he conocido a más hombres que mujeres.
—No obstante, conoce a esa dama, puesto que sabe su edad.
—En realidad, la conozco sobre todo por dos razones. La primera es el revuelo que se produjo, hace unos veinticinco años, cuando casó a su hija con un banquero suizo sin ningún título de nobleza pero muy rico. Su posición en la Corte incluso se habría visto comprometida si nuestra pobre emperatriz Isabel no hubiera intervenido. Fue poco antes de morir; ella conocía bastante bien a la familia Kledermann.
—¿Y la segunda?
—Es mucho más comercial —respondió Anna Sacher riendo—. Tiene debilidad por nuestra Sachertorte y siempre que está en Viena nos compra. Lo que no es el caso en este momento, pues desde principios de verano no ha llegado ningún pedido del palacio de Himmelpfortgasse.
Morosini estaba tan contento que poco le faltó para ponerse a aplaudir. La entrañable dama acababa de proporcionarle, con la mayor inocencia del mundo, una preciosa información: la dirección que habría sido un poco raro pedir tratándose de una amiga de su madre. Se contentó con dejar escapar un suspiro, acompañado de una sonrisa melancólica.
—¡Qué mala suerte! Tendré que conformarme con dejar mi tarjeta con unas palabras. Quizá la condesa me haga llegar noticias suyas.
—Estoy segura de que no dejará de hacerlo. Estará tan encantada de volver a verlo como yo.
Eso Morosini lo dudaba, puesto que la abuela de Mina-Lisa no tenía ni idea de su existencia.
Al día siguiente por la tarde, pese a la lluvia, paseaba por Himmelpfortgasse, a unos doscientos metros de distancia de su hotel. Era una calle como tantas de las que hay en la ciudad interior, la que en otros tiempos rodeaban las murallas que el emperador Francisco José había sustituido por el Ring, el magnífico paseo circular poblado de árboles y de jardines.
