
El paseante estuvo un buen rato contemplándola sin que ninguno de los escasos transeúntes concediera importancia al hecho, pues en esa soberbia ciudad los visitantes se detenían a cada paso para admirar tal o cual edificio. Morosini no observó ninguna señal de vida detrás de las dobles ventanas hasta que por una de las puertas pequeñas salió un hombre con una cesta, sin duda un sirviente que iba a hacer unas compras, y de pronto se decidió. En tres rápidas zancadas alcanzó su objetivo.
—Disculpe —dijo en alemán—, me gustaría saber si este palacio es el de la condesa Von Adlerstein.
Antes de responder, el hombre se tomó tiempo para observar a ese extranjero elegante cuyo aspecto no era el de todo el mundo. El examen debió de ser satisfactorio, porque dijo:
—Lo es, en efecto.
—Muchísimas gracias —dijo Morosini con una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera—. Suponiendo que forme usted parte de su personal, ¿podría decirme si tengo posibilidades de que la condesa me reciba? Soy el príncipe Morosini y vengo de Venecia —se apresuró a añadir al advertir un destello de desconfianza en los ojos del personaje.
