Y, al igual que las otras, se hallaba bordeada de casas antiguas y de dos o tres palacios, uno de los cuales atraía especialmente la vista: tres pisos de altas ventanas sobre un entresuelo y un imponente portalón cintrado, a cuyos lados unos atlantes melenudos sostenían un admirable balcón de piedra calada. Dos puertas laterales, más pequeñas, daban acceso a las plantas inferiores del palacio. Esta mansión, un poco estrecha —sólo se alineaban siete ventanas en cada piso—, se asemejaba bastante a las de la alta burguesía del siglo XVIII, pero las armas que destacaban sobre el tejadillo esculpido de la entrada principal anunciaban la aristocracia, y como aparecía un águila negra posada en una roca sobre campo de oro, Morosini no tuvo ninguna duda de que era la casa que estaba buscando, puesto que Adlerstein significaba «la piedra del águila».

El paseante estuvo un buen rato contemplándola sin que ninguno de los escasos transeúntes concediera importancia al hecho, pues en esa soberbia ciudad los visitantes se detenían a cada paso para admirar tal o cual edificio. Morosini no observó ninguna señal de vida detrás de las dobles ventanas hasta que por una de las puertas pequeñas salió un hombre con una cesta, sin duda un sirviente que iba a hacer unas compras, y de pronto se decidió. En tres rápidas zancadas alcanzó su objetivo.

—Disculpe —dijo en alemán—, me gustaría saber si este palacio es el de la condesa Von Adlerstein.

Antes de responder, el hombre se tomó tiempo para observar a ese extranjero elegante cuyo aspecto no era el de todo el mundo. El examen debió de ser satisfactorio, porque dijo:

—Lo es, en efecto.

—Muchísimas gracias —dijo Morosini con una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera—. Suponiendo que forme usted parte de su personal, ¿podría decirme si tengo posibilidades de que la condesa me reciba? Soy el príncipe Morosini y vengo de Venecia —se apresuró a añadir al advertir un destello de desconfianza en los ojos del personaje.



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