Un destello, todo hay que decirlo, muy fugaz. El hielo que envolvía el ancho rostro, más ensanchado aún por unas pobladas patillas al estilo de Francisco José, se fundió como bajo un rayo de sol.

—Pido disculpas a Su Excelencia por mi ignorancia. Desgraciadamente, la señora condesa se halla ausente. ¿Desea Su Excelencia dejar un mensaje?

Aldo se tocó los bolsillos del impermeable.

—Me encantaría, pero no llevo encima lo necesario para escribir. De todos modos, puedo encargar a un botones del hotel Sacher que traiga una nota, y si su señora vuelve, espero tener el placer de verla.

—Sin duda, si es que la estancia de Su Excelencia va a ser larga. La señora condesa ha sufrido recientemente un accidente, por fortuna sin gravedad pero que la obliga a hacer reposo, y ha preferido permanecer en su residencia de verano de Salzkammergut. Si Su Excelencia le escribe, le haré llegar la carta inmediatamente.

—En tal caso, ¿no sería más sencillo darme su dirección?

—No —dijo el hombre, cuya voz untuosa se secó de golpe—. La señora condesa quiere que su correo pase por Viena. Como viaja a menudo, eso evita pérdidas. Soy de todo corazón el servidor de Su Excelencia.

Y el «servidor» se alejó en dirección a Káertnerstrasse, dejando a Morosini un poco desorientado. No por la fórmula, pues la educación austriaca solía ser tan sentimental como cortés. Lo que le parecía raro era la negativa, atenuada pero evidente, de darle la dirección solicitada. En cuanto a escribir una carta, en tales condiciones debía descartarlo. A partir de esa noche, tendría otras cosas que hacer que andar detrás de una anciana tal vez lunática. Ya empezaba a arrepentirse de haber ido hasta el palacio. Si Lisa se enteraba, podía equivocarse de medio a medio sobre su intención amistosa. Más valía dejarlo estar.



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