
Animado por esta conclusión, Morosini decidió aprovechar la tarde que tenía por delante para refrescar sus conocimientos sobre el Tesoro de los Habsburgo. ¿Acaso no había dado a entender Simon Aronov, durante su primer encuentro, que quizás el ópalo formaba parte de él? Así pues, se dirigió a la Hofburg, la antigua residencia imperial, una parte de la cual estaba ocupada por las oficinas del gobierno y la otra por el Tesoro. Sin embargo, si bien vio un soberbio ópalo de origen húngaro, junto a un jacinto de la misma procedencia y una amatista española, no podía ser el que buscaba, pues era demasiado grande.
Se consoló admirando la magnífica esmeralda que remataba la corona imperial y los vestigios del tesoro de la orden del Toisón de oro. Le sorprendió, en cambio, no ver ninguna de las joyas pertenecientes a los últimos soberanos. Sabía que la emperatriz Isabel, la fascinante Sissi, poseía, entre otras alhajas, un fabuloso aderezo de ópalos y diamantes que le había regalado con motivo de su compromiso la archiduquesa Sofía, su tía y futura suegra, quien lo había lucido también el día de su boda. Al no verlo por ninguna parte, intentó informarse, para lo cual pidió ser recibido por el conservador, pero se encontró con un funcionario arisco que se limitó a declarar:
—Ya no tenemos ninguna de las joyas privadas. Se las llevaron al acabar la guerra, cosa francamente lamentable, sobre todo porque ese auténtico robo al pueblo austriaco nos privó del Florentino, el gran diamante amarillo procedente de los duques de Borgoña, así como de las alhajas de la emperatriz María Teresa y de... y de otras.
—¿Quién se las llevó?
—No creo que eso sea de su incumbencia. Y ahora, le ruego que me disculpe, tengo mucho trabajo.
Morosini, al verse despedido con cajas destempladas, no insistió. Como se había detenido un instante ante la cuna del rey de Roma y algunos recuerdos de María Luisa, su madre, pensó que estaría bien ir a inclinarse ante la tumba de ese joven, hijo de Napoleón y rey de Roma, que acabó su corta vida ostentando un título austriaco. Así pues, se dirigió a la cripta de los capuchinos.
