No es que sintiera un afecto especial por el más grande de los Bonaparte, causante de la decadencia de Venecia. Por más que su sangre materna fuera francesa, un príncipe Morosini no podía perdonar el árbol de la libertad plantado el 4 de junio de 1797 en la plaza de San Marco, la abdicación del último dux, Ludovico Manin, y finalmente el fuego jubiloso con el que las tropas de la nueva República francesa quemaron el Libro de Oro de Venecia y las insignias del secular poder de los dux, pero el muchacho que reposaba allí, exiliado, herido en el alma y cautivo para siempre de Austria, alimentaba su amor por el romanticismo y le inspiraba una profunda compasión. Deseaba ir a saludarlo.

No era la primera vez que un monje le abría el panteón imperial fuera de las horas de visita; él sabía lo que había que hacer para conseguirlo. Los grupos de visitantes habituales —casi todos ingleses— eran invitados, antes de salir de la iglesia, a dar al hermano portero una limosna destinada a la iluminación de la cripta y a la sopa de los pobres, que el convento repartía todos los días a las dos. Morosini hacía una generosa contribución al entrar. Sin embargo, ese día encontró cierta resistencia.

—No sé si voy a poder dejarle entrar —le dijo el capuchino de servicio—. Dentro hay una dama... que viene de cuando en cuando.

—La cripta es bastante grande. Trataré de no molestarla. ¿Sabe por quién se interesa?

—Sí, porque trae flores que luego siempre vemos sobre la tumba del archiduque Rodolfo. Usted viene a visitar al duque de Reichstadt, ¿no? —añadió el monje, señalando el ramillete de violetas que Morosini había comprado antes de entrar—. De acuerdo, entre, pero intente que no lo vea; le gusta estar sola.



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